Cap. 5 de “Queer Theory” de Annamarie Jagose, Editorial: New York University Press, NY, 1996.
Traducción libre por María de la Paz Díaz- UNLP
Feminismo lesbiano
Aunque pequeños números de mujeres siempre habían estado involucrados en la liberación gay, e igualmente pequeños números de lesbianas en el movimiento de mujeres, las lesbianas crecientemente sentían que estaban marginalizadas en ambos. Hay precedentes para tal insatisfacción. Tan temprano como en 1904 Anna Ruhling se dirigió a los miembros del Comité Científico Humanitario de Hirschfeld sobre las relaciones entre las mujeres y los movimientos homosexuales. Ella llamó la atención sobre el hecho de que el movimiento de las mujeres se negó a lidiar con el tema de la homosexualidad:
Cuando consideramos todos los beneficios que las mujeres homosexuales han alcanzado por décadas para el movimiento de las mujeres sólo puede ser considerado como sorprendente que las grandes e influyentes organizaciones de este movimiento no han hasta ahora levantado un dedo para asegurar a su no insignificante número de miembros uranistas sus justos derechos en lo que al estado y la sociedad concierne. (citado en Lauritsen y Thorstad, 1974:18-19)
La indiferencia de los principales movimientos homófilos a los temas de género similarmente estimuló a las Hijas de Bilitis a reconocer la necesidad de dirigirse a las lesbianas específicamente en vez de subsumirlas en la categoría pretendidamente genérica de homosexualidad. Los hombres gays y las lesbianas tienen su homosexualidad -eso es, su elección de objeto del mismo sexo- en común. Pero la genderización de esa sexualidad ha producido diferencias culturales sustanciales entre ellos. “Lesbianas y gays no son dos géneros dentro de una categoría sexual”, escribe Jeffrey Weeks (1985: 203). “Ellos tienen diferentes historias, que son diferenciadas a causa de la compleja organización de las identidades masculinas y femeninas, precisamente a lo largo de las líneas de género”. Hablando históricamente, por ejemplo, la relación masculina con la sexualidad ha sido figurada de manera diferente a la femenina. El acceso al empleo y un ingreso independiente ha sido tanto más fácil como más rentable para los hombres que para las mujeres y, en la ley criminal, la homosexualidad ha sido constituida casi exclusivamente como una propensión masculina.
Mientras los movimientos gays y de mujeres se desarrollaron a fines de los 60 y principio de los 70, algunas lesbianas que nunca se habían identificado como feministas continuaron trabajando con hombres gays, y otras se alinearon con ambos movimientos. Pero un número significativo comenzó a analizar específicamente la posición política de las lesbianas. A menudo un proyecto dificultoso, se encontró con algunas indiferencias e incluso resistencias de organizaciones oficiales liberacionistas gays o feministas. A pesar de repetidas intervenciones de lesbianas, la liberación gay tendió a ignorarlas como modelos marginales que se acomodarían a las demandas feministas. Como Laurie Bebbington y Margaret Lyons (1975:27) señalaron a los hombres gays liberacionistas: “la discusión de la homosexualidad y el feminismo es la oportunidad… de confrontar sus roles como hombres en una sociedad patriarcal y de reconocer las maneras en que su sexismo nos oprime, como lesbianas”. Inicialmente el movimiento feminista fue cuidadoso de distanciarse a sí mismo oficialmente del lesbianismo, sintiendo que tal asociación dañaría lo que era visto como el proyecto más fundamental de asegurar derechos igualitarios para las mujeres. Betty Friedan, una feminista pionera de la segunda ola y autora del influyente libro La mística femenina (1965), vio que el lesbianismo militante tenía potencia para socavar las victorias feministas y ha sido acreditada por nombrar al naciente movimiento lesbiano 'una amenaza lavanda'. Declarando su opinión sobre este asunto, Susan Brownmiller sin embargo describe a las militantes esbianas como un “cardumen de arenques lavanda quizás, pero con seguridad no un peligro presente y claro” (citado en Echols, 1989:345). La negación feminista a abogar por los derechos lesbianos no fue siempre, sin embargo, un mero gesto estratégico. Ti-Grace Atkinson, una reconocida feminista americana, descartó el lesbianismo como fundacionalmente anti-ético para la agenda feminista, porque “involucra un juego de roles y, más importante, porque está basado en la suposición primaria de la opresión masculina” y por lo tanto “refuerza el sistema de clases sexuales” (citado en ibid.: 211).
A pesar de este comienzo poco auspicioso, las lesbianas continuaron organizando - al principio encubiertamente, y luego directamente- su desafío a la homofobia y el sexismo institucionalizado de los movimientos de mujeres y de la liberación gay. En los 90, cuando el feminismo es rutinariamente entendido como incluído en el compromiso de oponerse a la homofobia, parecería lógico que el movimiento de mujeres consideraría las demandas lesbianas de reconocimiento e igualdad como feministas por excelencia. Sin embargo, en su a veces autobiográfico reporte de la historia de los movimientos lesbianos y de mujeres, Sidney Abbott y Barbara Lover (1973:108) notan que “cuando la Liberación de las Mujeres comenzó a suceder a mitad de los 60, las actitudes sobre las lesbianas eran virtualmente las mismas dentro y fuera del movimiento”. La lucha institucional por el reconocimiento de las lesbianas en el movimiento de mujeres en los Estados Unidos estuvo primero enfocada en las estructuras organizativas del más grande y más influyente grupo de liberación de mujeres, la Organización Nacional de Mujeres (NOW). Como en el caso de otros grupos de liberación de mujeres, las lesbianas estaban involucradas en cada nivel en la jerarquía de NOW pero su lesbianismo o era desconocido para la organización o era escrupulosamente tratado como un daño potencial. Originalmente -y hasta este día- una organización feminista conservadora, la NOW se describe a sí misma en términos de igualdad de derechos en vez de liberación de mujeres. Ha buscado soluciones más liberales en vez de radicales a lo que vio como el problema de la desigualdad de las mujeres.
El tema del lesbianismo lentamente se convirtió en un problema irresoluble para la NOW mientras pedidos de reconocimiento fueron bloqueados por figuras influyentes en la organización. Insatisfechas con la NOW, un número de mujeres renunciaron y llamaron a una reunión para discutir la discriminación hacia las lesbianas -lo que fue entonce descrito como “sexismo”- en el movimiento de mujeres. Ese evento “fue histórico porque fue la primera reunión de jóvenes lesbianas radicales sin hombres gays, la primera vez que mujeres del Frente de Liberación Gay se encontraban con lesbianas del movimiento de mujeres, y la primera vez que las lesbianas del movimiento de mujeres se encontraban con otras como lesbianas” (Abbott y Love, 1973:113). Allí fue decidido que un documento de posicionamiento escrito colectivamente, subrayando las conexiones políticas entre el lesbianismo y el feminismo, debería ser puesto en circulación entre los grupos feministas heterosexuales y presentado en el Segundo Congreso para Unir a las Mujeres.
En consecuencia, cuando el Segundo Congreso abrió en mayo de 1970, fue interrumpido por veinte mujeres que, resignificando la calumnia de la nominación de Friedan, se llamaron a sí mismas “Amenaza Lavanda”. Las luces se apagaron, y cuando “volvieron, veinte mujeres usando remeras con la estampa “Amenaza Lavanda” se pararon al frente del cuarto” (Schneir, 1994:160). Durante dos horas estas activistas hablaron a las cuatrocientas feministas sobre su experiencia y análisis de la discriminación hacia las lesbianas en el movimiento de mujeres. Al día siguiente miembros de Amenaza Lavanda dirigieron talleres sobre lesbianismo y homofobia; en la reunión final del Congreso, cuatro declaraciones propuestas por el grupo fueron adoptadas como resoluciones:
En consecuencia, cuando el Segundo Congreso abrió en mayo de 1970, fue interrumpido por veinte mujeres que, resignificando la calumnia de la nominación de Friedan, se llamaron a sí mismas “Amenaza Lavanda”. Las luces se apagaron, y cuando “volvieron, veinte mujeres usando remeras con la estampa “Amenaza Lavanda” se pararon al frente del cuarto” (Schneir, 1994:160). Durante dos horas estas activistas hablaron a las cuatrocientas feministas sobre su experiencia y análisis de la discriminación hacia las lesbianas en el movimiento de mujeres. Al día siguiente miembros de Amenaza Lavanda dirigieron talleres sobre lesbianismo y homofobia; en la reunión final del Congreso, cuatro declaraciones propuestas por el grupo fueron adoptadas como resoluciones:
Se resuelve que la Liberación de Mujeres es una conspiración lesbiana.
Se resuelve que siempre que la etiqueta lesbiana sea usada contra el movimiento colectivamente o contra las mujeres individualmente, debe ser afirmada, no negada.
En todas las discusiones sobre control de natalidad, la homosexualidad debe ser incluida como un método legítimo de contracepción.
Todo programa de educación sexual debe incluir el lesbianismo como una forma válida y legítima de expresión sexual y amor (citado en Marotta, 1981:244-5)
También fue puesto en circulación en el Congreso un documento sobre “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres”, escrita por la Amenaza Lavanda que subsecuentemente se renombraron Lesbianas radicales. Este influyente documento apareció primero en las publicaciones contraculturales Rat y Come out! antes de ser impreso como un panfleto por Gay Flames y luego reimpreso en numerosas antologías. De muchas maneras, ejemplifica la posición política del feminismo lesbiano. Como lo aclara su título, desvía la atención del lesbianismo como una orientación sexual o práctica para reconceptualizarla como una manera de estar en el mundo que, potencialmente, incluye a todas las mujeres. La perspectiva ganada de la experiencia lesbiana -”la liberación de una misma, la paz interior, el verdadero amor a una misma y a todas las mujeres”- es en las palabras de las Lesbianas radicales (citado en Schneir, 1994:162) “algo para ser compartido con todas las mujeres- porque somos todas mujeres.”
En “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres” es lesbianismo es inscrito como una postura política más que como una identificación sexual: “[una] lesbiana es la ira de todas las mujeres condensada hasta el punto de la explosión” (ibid.). El documento de las Lesbianas radicales alinea a las lesbianas mucho más cercanamente con las mujeres heterosexuales que con los varones homosexuales, argumentando que el odio dirigido hacia las lesbianas es un efecto de la dominación masculina:
Lesbiana es la palabra, la etiqueta, la condición que mantiene a las mujeres en línea… Lesbiana es una etiqueta inventada por el Hombre para tirársela a cualquier mujer que se atreve a ser su igual, que se atreve a desafiar sus prerrogativas (incluyendo aquellas que hacen a todas las mujeres parte del medio de intercambio entre hombres), que se atreve a afirmar la primacía de sus propias necesidades. (ibid.:163)
Como corolario, “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres” argumenta que el lesbianismo es la lógica extensión del feminismo: “es la primacía de las mujeres relacionándose con mujeres, de mujeres creando una nueva consciencia de y con cada otra que está en el corazón de la liberación de las mujeres, y las bases para la revolución cultural” (ibid.:167). Aunque NOW continuó dividida durante un turbulento año en el tema del lesbianismo, hacia finales de 1971 aprobó una serie de resoluciones que incorporaron muchos de los sentimientos expresados en el documento “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres:
Se resuelve que NOW reconoce la doble opresión de las lesbianas;
Se resuelve que el derecho de una mujer a su propia persona incluye el derecho a definir y expresar su propia sexualidad y elegir su propio estilo de vida y
Se resuelve que NOW reconoce la opresión de las lesbianas como una preocupación legítima del feminismo. (citado en Abbott y love, 1973:134)
El documento “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres” fue tanto la causa como el efecto de la movilización lesbiana feminista en los 70. En un recuento como este, sin embargo, que mapea las categorías cambiantes de la identificación sexual, es igualmente importante por otra razón. A pesar de su ahora anticuada modernidad- sus referencias a “hermanas” y “el Hombre”- y su recurso a una versión de la psicología popular que promueve la integridad y el amor propio, muchas de sus conceptualizaciones continúan influenciando esos escritos que constituyen las bases teóricas del feminismo lesbiano. Mucha de esta escritura feminista lesbiana está informada por las demandas gemelas de activismo colectivo y teorización intelectual, y se caracteriza por una amalgama de análisis político y estrategias para una transformación cultural.
El documento “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres” fue tanto la causa como el efecto de la movilización lesbiana feminista en los 70. En un recuento como este, sin embargo, que mapea las categorías cambiantes de la identificación sexual, es igualmente importante por otra razón. A pesar de su ahora anticuada modernidad- sus referencias a “hermanas” y “el Hombre”- y su recurso a una versión de la psicología popular que promueve la integridad y el amor propio, muchas de sus conceptualizaciones continúan influenciando esos escritos que constituyen las bases teóricas del feminismo lesbiano. Mucha de esta escritura feminista lesbiana está informada por las demandas gemelas de activismo colectivo y teorización intelectual, y se caracteriza por una amalgama de análisis político y estrategias para una transformación cultural.
La posición lesbiana feminista como se desarrolló en los 80 está esquematizada en el enormemente influyente y frecuentemente citado ensayo de Adrienne Rich, “Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana”. El ensayo de Rich -escrito en 1978 y publicado primeramente en Signs en 1980- fue controversial y generó mucha discusión teórica (véase Ann Ferguson, 1981). Subsecuentemente, Rich argumentó que uno de los motivos para escribirlo fue “esquematizar, al menos, algún puente sobre la brecha entre lesbiana y feminista” (Rich, 1986:24). Dada esa meta no es sorprendente que el ensayo de Rich, al igual que “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres”, debería poner en primer plano la posición de las lesbianas como mujeres: “si consideramos la posibilidad de que todas las mujeres… existen en un continuum lesbiano, nos podemos ver a nosotras mismas como entrando y saliendo de este continuum, sea que nos identifiquemos como lesbianas o no” (ibid.:54). Aún más, la representación de Rich del lesbianismo como algo entendido más productivamente entre categorías de género distanció activamente su versión del lesbianismo de cualquier afiliación equivalente con los hombres gays:
Las lesbianas han sido históricamente privadas de una existencia política a través de la inclusión como versiones femeninas de la homosexualidad masculina. Igualar la existencia lesbiana con la homosexualidad masculina porque los dos son estigmatizados es borrar la realidad femenina una vez más. Parte de la historia de la existencia lesbiana es, obviamente, encontrada donde las lesbianas, a falta de una coherente comunidad femenina, han hecho un tipo de vida social y causa común con hombres homosexuales. Pero hay diferencias: la falta de privilegios económicos y culturales de las mujeres en relación a los hombres; diferencias cualitativas en las relaciones femeninas y masculinas -por ejemplo, los patrones de sexo anónimo entre hombres homosexuales, y la pronunciada discriminación por edad en los criterios homosexuales masculinos de atractivo sexual. Yo percibo la experiencia lesbiana, al igual que la maternidad, como una experiencia profundamente femenina, con opresiones particulares, significados, y potencialidades que no podemos comprender mientras que simplemente la equiparemos a otras existencias sexualmente estigmatizadas. (ídem:318-19)
Este pasaje marca un importante cambio en la teorización del lesbianismo que continúa informando debates sobre la eficacia política de lo queer. Aunque no llama simplemente a una descripción género-específica del lesbianismo, argumenta que para las lesbianas, el género, no la sexualidad, es la categoría de identificación primaria. Rich no valora simplemente el género por sobre la sexualidad. Ella lo entiende como el paradigma ejemplar de la opresión de todo tipo: “el poder que los hombres en todos lados ejercen sobre las mujeres… se ha vuelto un modelo para cualquier otra forma de explotación y control ilegal” (ibid.:68). En consecuencia las mujeres (en lugar de los hombres gays) son las aliadas políticas naturales de las mujeres. Los hombres gays, en tanto que son hombres, son parte de una estructura social opresiva que el feminismo lesbiano está comprometida a derrocar.
Rich modifica este argumento significativamente en una nota al pie agregada a su ensayo en 1986: “Ahora pienso que tenemos mucho que aprender tanto de los aspectos únicamente femeninos de la existencia lesbiana como de la compleja identidad ‘gay’ que compartimos con los hombres gays” (ibid.: 53). Aunque Rich aquí altera el énfasis original de su ensayo, una rama significativa del feminismo lesbiano ha continuado identificando a los hombres gays como cómplices de las estructuras de dominación masculina, y consecuentemente como aliados menos adecuados para las lesbianas que las mujeres heterosexuales. Sheila Jeffreys, por ejemplo, pone el énfasis en la solidaridad entre las mujeres y las lesbianas -una solidaridad asumida como axiomática para el feminismo en sí mismo- mientras rechaza cualquier alianza comparable entre lesbianas y hombres gays. Evaluando categorías de identidad subscritas más fuertemente por el género que aquellas subscritas por la sexualidad, Jeffreys pone en primer plano “todo el sistema de la supremacía masculina” para realizar el argumento más amplio e inclinado hacia el género de que todos los hombres -incluidos los hombres gays- oprimen a las mujeres (Jeffreys, 1994:460) Aún más, ella señala que los hombres gays tienen una función peculiarmente potente en esta opresión general: “Los hombres gays tienen un rol influyente en definir qué es lo femenino en la cultura supremacista masculina a través de su involucramiento en los medios y las industrias de la moda” (ibid.:461). La representación de los hombres gays como el epítome de los valores patriarcales tiene una lamentable historia homofóbica en la teoría feminista. Por ejemplo, en añadidura al ensayo de Rich ya discutido, reaparece en los escritos de Irigaray (1981:107-11) y Frye (1983) y es criticado por Fuss (1989:45-9). Significativamente, el pensamiento liberacionista gay ofrece un análisis opuesto de cómo los hombres gays se relacionan con la opresión de las mujeres: argumenta que los hombres gays pueden trabajar con el “chauvinismo masculino” más fácilmente que los hombres heterosexuales porque no están totalmente subsumidos en el sistema (cf. Wittman, 1992:332)
Mientras que obviamente hay algo que decir para considerar las maneras en que el género opera en el campo del poder, el enfoque reductivo de Jeffreys sobre el género pasa por alto otras e igualmente significativas variantes. Parafraseando con aprobación uno de los argumentos de Marilyn Frye, Jeffreys (1994:468) observa que “los hombres gays pueden ser vistos como los conformistas de la supremacía masculina porque eligen amar a aquellos que todos están obligados a amar bajo este sistema político, esos son, los hombres. Las lesbianas, por otro lado, eligen amar a quienes son despreciadas, esas son, las mujeres”. Si los hombres gays, como sugiere Jeffreys, se conforman a la supremacía masculina a través del género del objeto de su elección sexual, se entiende que los no conformistas a la supremacía masculina son aquellos que aman a las mujeres, por lo tanto, lesbianas y hombres heterosexuales. Aquí, el enfoque implacable de Jeffreys en el género produce una conclusión que funciona contra los términos de su propio argumento. Inadvertidamente, ella demuestra el punto de Sedgwick (1990:32) de que “es poco realista esperar un cercano, texturado análisis de las relaciones del mismo sexo a través de una óptica calibrada en primer lugar por el burdo estigma de la diferencia de género”.
Incluso el título del capítulo de Marilyn Frye sobre “Feminismo lesbiano y el movimiento de derechos gays: otro punto de vista sobre la supremacía masculina, otro separatismo” sugiere económicamente tanto una afinidad entre lesbianas y mujeres heterosexuales como una antipatía entre hombres gays y lesbianas. Frye (1983:129) observa una tendencia a asumir “una afinidad cultural y política entre hombres gays por un lado y mujeres -lesbianas y/o feministas- por el otro” porque cada grupo es diferente pero igualmente marginalizado en los entendimientos dominantes del sistema sexo/género. Frye se opone a esta suposición popular argumentando que
una mirada a algunos de los principios y valores de la cultura y la sociedad supremacista masculina sugiere inmediatamente que el movimiento de derechos masculinos homosexuales y la cultura gay masculina, como pueden ser conocidas en sus manifestaciones públicas, son en muchos puntos centrales considerablemente más congruentes que discrepantes con esta falocracia, que a su vez es tan hostil con las mujeres y el amor a las mujeres al que las lesbianas están comprometidas (ibid.:130).
Esos “principios y valores” que, de acuerdo a Frye, conectan a los hombres homosexuales y heterosexuales en lazos de indisoluble masculinidad incluyen un compromiso con los derechos del hombre ciudadano, el homoerotismo, el odio a las mujeres, y la heterosexualidad obligatoria masculina. Tomando una línea más dura que Rich o Jeffreys, Frye considera estas presuntas afinidades entre la cultura falocrática y el movimiento de liberación gay. Pero ella solo lo hace para concluir que, lejos de ser sólo como los hombres heterosexuales, “los hombres gays generalmente son de maneras significativas, quizás en todas las maneras importantes, sólo más leales a la masculinidad y a la supremacía masculina que otros hombres” (ibid.:132).
Frye no es la primera ni la última teórica feminista lesbiana en argumentar que el lazo masculino que permite los intercambios heterosexuales difiere en grado en vez de en tipo del lazo masculino que sostiene la homosexualidad. Sin embargo, su declaración contra-intuitiva de que los hombres gay y heterosexuales están igualmente comprometidos a “la heterosexualidad obligatoria masculina” es digna de ser considerada en detalle, porque es más idiosincrática y quizás sea la forma más extrema de su argumento. Habiendo establecido -más para su propia satisfacción que la mía- que las culturas heterosexual y gay están unidas en su amor por los hombres y su odio hacia las mujeres, Frye (ibid.:140) continúa para subrayar la racionalidad detrás de la heterosexualidad obligatoria masculina: “es muy importante para el mantenimiento de la supremacía masculina que los hombres cojan a las mujeres, mucho. Así es requerido; es obligatorio. Hacerlo es tanto el deber de uno como una expresión de solidaridad.”
El discurso de la liberación gay podría parecer opuesto, o al menos desleal, a este requerimiento. Sin embargo, al reconocer que los hombres gays no están interesados en “cumplir [su] deber” en este sentido, Frye argumenta que esto es sólo porque tienen un sobredesarrollado odio por las mujeres:
En muchos casos, [los hombres gays] no están dispuestos a complir su deber sólo porque han aprendido demasiado bien sus lecciones sobre el odio a las mujeres. Su reticencia a representar esta parte de la hombría se debe sólo a un desbalance, donde el requisito de odiar a las mujeres ha tomado una forma y una intensidad que lo pone en tensión con este otro requerimiento de la hombría. (ibid.)
Hay problemas obvios con este análisis, que trata tanto al deseo y a la aversión a tener sexo con mujeres como evidencia del mismo desprecio básico por ellas. Además, esa “solidaridad” que Frye percibe entre hombres gays y heterosexuales es ampliamente no reconocida por ambos grupos. Frye nota parcialmente este problema -para el cual ella no ofrece ninguna solución- cuando observa al pasar que “se convierte un poco en un enigma el porqué los hombres hetero no reconocen a sus hermanos gays” (ibid.:130). Su insistencia en la primacía de género dentro de la opresión estructural representa el proyecto del feminismo lesbiano y la liberación gay como mutuamente inconmensurable: “Lejos de haber una afinidad natural entre las feministas lesbianas y el movimiento civil por los derechos homosexuales, veo que sus políticas son, en la mayoría de las consideraciones, directamente anti-éticos para el otro” (ibid.:145). Esta suposición ha generado una gran cantidad de debates. Aunque está lejos de ser una característica indispensable del feminismo lesbiano, continúa informando las luchas de representación sobre la identificación sexual.
La “heterosexualidad obligatoria” es también, por supuesto, una idea clave para Rich, que acuñó la frase. Diferente a Frye, sin embargo, ella considera el efecto de esta orden regulatoria principalmente como perteneciente a las mujeres, identificando la heterosexualidad como “una institución política” que trabaja sistemáticamente para la desventaja de todas las mujeres (Rich, 1968:313). En este aspecto, ella expande el argumento (tomado previamente en “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres”) de que “mientras que la aceptabilidad masculina es primaria -tanto para las mujeres individuales y para el movimiento como un todo- el término ‘lesbiana’ será usado efectivamente contra las mujeres” (Schneir, 1994:165). Para Rich, la heterosexualidad no es simplemente un asunto de elección personal en el sentido volitivo implicado por una frase como “preferencia sexual”. Al comparar la heterosexualidad al capitalismo y al racismo, ella la representa como estructurada a través de un desbalance fundamental de poder: “La falta de examinación de la heterosexualidad como una institución es lo mismo que no admitir que el sistema económico llamado capitalismo o el sistema de castas del racismo es mantenido por una variedad de fuerzas, que incluyen tanto la violencia física como la falsa conciencia” (Rich, 1986:51). Ella llama la atención sobre las maneras en que tanto la naturalización de la heterosexualidad y la patologización del lesbianismo trabajan para privilegiar la masculinidad heterosexual.
Habiendo identificado “la mentira de la heterosexualidad obligatoria femenina”, Rich continúa para anticipar su ruina (ibid.:61). Cuando subscrito por el análisis y el compromiso feminista, el lesbianismo -”una forma de oponerse al patriarcado, un acto de resistencia” (ibid.:52) desnaturaliza la homosexualidad demostrando sus inversiones ideológicas:
Podemos decir que hay un naciente contenido político feminista en el acto de elegir una amante mujer o compañera de vida en la cara de la heterosexualidad institucionalizada. Pero para que la existencia lesbiana entienda este contenido político como la última forma de liberación, la elección erótica debe profundizarse y expandirse hacia la identificación consciente de la mujer- hacia el feminismo lesbiano (ibid.:66).
Aunque cuidadosa al señalar que el lesbianismo no es necesariamente radical en sí mismo, Rich lo representa como ofreciendo al feminismo un modelo para la transformación radical, un modelo que identifica y resuelve esa contradicción en el corazón del feminismo como era cuando primero se constituyó.
El ensayo de Rich desnaturaliza la heterosexualidad naturalizando las categorías de género. Los ensayos de Monique Wittig, al contrario, están igual de comprometidos a desafiar la hegemonía heterosexual, pero desestabiliza la suposición del género que subscribe al análisis de Rich. En este aspecto, el trabajo de Wittig extiende la cuenta esquemática ofrecida por las lesbianas radicales sobre la relación entre género -o, como ellas lo llaman, “roles de sexo”- y la sexualidad:
El lesbianismo, como la homosexualidad masculina, es una categoría de comportamiento posible sólo en una sociedad sexista caracterizada por roles sexuales rígidos y dominada por la supremacía masculina… La homosexualidad es un sub-producto de una forma particular de establecer roles (o patrones de comportamiento aprobados) sobre las bases del sexo; como tal es una categoría inauténtica (no congruente con “la realidad”). En una sociedad en la que los hombres no oprimieran a las mujeres, y a la expresión sexual se le permitiera seguir a los sentimientos, las categorías de homosexualidad y heterosexualidad desaparecerían (Schneir, 1994:162-3).
El ensayo “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres” asume que el género apuntala igualmente a la homosexualidad y heterosexualidad, e implica que la destrucción de los roles sexuales será seguida por una perversidad polimorfa en la forma de una utopía bisexual. Esta posición es semejante a aquella de la temprana liberación gay. Rich es bastante despectiva respecto a los imaginarios futuristas de los liberacionistas gays y las feministas lesbianas. Confrontada con “la frecuentemente escuchada afirmación de que en un mundo de igualdad genuina, donde los hombres no son opresivos y cariñosos, todos serían bisexuales”, ella la critica sobre la base de que “es un salto liberal sobre las tareas y las luchas del aquí y ahora, el proceso continuo de la definición sexual que generará sus propias posibilidades y elecciones” (Rich, 1986:34,35).
De acuerdo a Wittig, sin embargo, las categorías de género son enteramente cómplices en el mantenimiento de la heterosexualidad. Es por esto que ella ubica al lesbianismo fuera del campo del género por completo. Al aceptar las categorías de género -aunque sea sólo para criticarlas- “naturalizamos el fenómeno social que expresa nuestra opresión, haciendo imposible el cambio” (Wittig, 1992:11). Percibir que el género no es la causa sino el efecto de la opresión es entender que la “mujer” sólo tiene significado en sistemas heterosexuales de pensamiento y sistemas económicos heterosexuales” (ibid.:32). Wittig por lo tanto representa al lesbianismo como triunfante en el exceso de las categorías de género:
Destruir a la “mujer” no significa que apuntamos.. A destruir al lesbianismo simultáneamente con las categorías de sexo… Lesbiana es el único concepto que conozco que está más allá de las categorías de sexo (mujer y hombre), porque el sujeto designado (lesbiana) no es una mujer, ni económicamente, ni políticamente, ni ideológicamente (ibid.:20).
Aquí sólo las lesbianas disfrutan esa posición trascendental. Sin embargo en un ensayo anterior, Wittig insinúa que los hombres gays están posicionados similarmente en relación a las categorías de género: “Si nosotros, como lesbianas y hombres gay, continuamos hablando de nosotros mismos y nos consideramos a nosotros mismos como mujeres y hombres, somos instrumentos en el mantenimiento de la heterosexualidad” (ibid.:30). Aunque sus términos se parecen a aquellos utilizados por las lesbianas radicales, Rich y Frye, Wittig desarrolla un argumento significativamente diferente. Su reificación del término “lesbiana” ha sido criticada por teóricos posteriores, que encuentran su celebración utópica de la categoría poco convincente incluso dentro de los términos de su propio argumento (cf. Butler, 1990:120-2; Fuss, 1989:15). No obstante, teorizaciones recientes de las identidades sexuales ha retomado su énfasis en el poder constitutivo del discurso, su insistencia en que la categoría “mujer” -como la categoría “hombre”- no es una verdad fundacional sino “sólo una formación imaginaria” (Wittig, 1992:15), y su representación de las lesbianas y los hombres gays como sujetos similarmente posicionados.
A menudo representado como un movimiento coherente, tanto puritano como prescriptivo, el feminismo lesbiano actualmente describe un rango de posiciones teóricas y políticas a veces contradictorias. Incluso un breve sumario de la teoría feminista lesbiana demuestra que sus rearticulaciones de la sexualidad a través del género no necesariamente producen análisis idénticos o incluso compatibles. Aunque es común representar al feminismo lesbiano y a la teoría queer como impulsos políticos opuestos (Jeffreys, 1993; Wolfe y Penelope, 1993), algunas de las demostraciones queer más incisivas de cómo el género funciona al licenciar la heterosexualidad como normativa se originan en la teoría feminista lesbiana inicial. Este punto es mostrado por Rosemary Hennessy (1994:93) cuando se opone a la manera en que las conexiones entre el feminismo lesbiano de los 70 y la teoría queer de los 90 han sido ampliamente negadas:
Hace casi veinte años, las feministas lesbianas del Oeste -entre ellas, Charlotte Bunch, Las Furias, el Equipo Septiembre Púrpura y Monique Wittig- exigieron una crítica de la heterosexualidad. Ellas argumentaron que el feminismo, incluyendo las discusiones sobre lesbianismo entre las feministas culturales, lidiaban con la sexualidad como un tema personal o de derechos civiles para evitar una crítica materialista de más amplio rango del status normativo de la heterosexualidad… me parece que estos conocimientos ofrecen una tradición rica y radical para desarrollar la teoría queer materialista postmoderna.
Con sus políticas de alianza y su énfasis en las identificaciones sexuales, la afinidad queer está claramente con esa rama del feminismo lesbiano que no entiende la sexualidad como un sub-producto del género. La teoría queer está también productivamente informada por el feminismo lesbiano en tres aspectos cruciales: su atención a la especificidad del género, su encuadre de la sexualidad como institucional en vez de personal, y su crítica de la heterosexualidad obligatoria.
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