“El historiador secreto: la vida y tiempos de Samuel Steward, Profesor, Artista del tatuaje y Renegado Sexual” de Justin Spring.
Traducción libre de María de la Paz Díaz
Capítulo 10 “Señor Chips del Mundo del tatuaje”
Varios meses después de sus largas conversaciones con “Pop” Eddy en San Francisco, Steward decidió a principios de noviembre de 1954 probar su mano tatuando en una sala de juegos en el centro de Chicago. La decisión no fue tomada a la ligera; si sus actividades fuesen descubiertas, sabía que se enfrentaría a un despido inmediato de DePaul. Aún así, parece que él sintió que haciendo algo tan peligroso y aparentemente irracional como trabajar a contraturno de artista del tatuaje estaba de algún modo empezando una nueva vida. Después de todo, él había estado fantaseando con dejar la academia para convertirse en un artista del tatuaje por casi un año; a principios de diciembre de 1953, le había escrito a Lynes que su gran sueño era “irme rápidamente a un pueblo portuario, alquilar una casita y comenzar mi negocio, y pasar mis años dorados poniendo hermosos diseños en brazos y hombros fuertes y morenos -y muslos y nalgas y falos, si la petición surge. Toda mi vida ha comenzado a encajar con esta decisión -¿y por qué más habría estado dibujando estos años, y por qué me gustan los marinos? Esta es mi utopía, mi sueño del nirvana. Seré llamado ‘Profesor Sparrow’ y seré el Señor Chips del mundo del tatuaje. Saludo y despedida, ¡pues estoy por dejar el mundo que conocemos! (Sexo oral suministrado gratis)”
Aunque había comenzado sus estudios de tatuaje a través de un curso por correspondencia un año antes, Steward pronto había notado que “aprender a tatuar de un libro [era]... logrado tan exitosamente como aprender de un libro a nadar en tu sala de estar.” Él más tarde reconoció, “No fue hasta que comencé a ir a ver a [Amund] Dietzel, el viejo maestro en Milwaukee, que realmente aprendí a tatuar.” Y de hecho, mientras Steward sabía lo suficiente sobre color y línea de sus estudios de arte para dibujar ilustraciones en la piel, tatuar requería algo mucho más técnico: la inserción de tinta bajo la piel usando una aguja mecanizada que vibraba rápidamente. Las agujas de tatuar mecanizadas eran en ese tiempo casi imposibles de conseguir, entonces mientras buscaba una, Steward compró una herramienta eléctrica de grabado. Experimentó con ella en metal y vidrio, y la usó para crear un número de llamativos objetos decorativos: vasos y platos de aluminio grabado, cristalería grabada, y una cigarrera de cobre grabada, todos ellos mostrando imágenes de hombres desnudos.
Steward pronto se dio cuenta de porqué ningún artista practicante del tatuaje lo ayudaría voluntariamente a encontrar material de trabajo: con cada nueva máquina llegaba una nueva fuente de competencia de negocios. Sin embargo, a través de Larry el Tatuado, Steward finalmente se enteró de algunas maquinarias disponibles. Estaban entonces en las manos de un borracho local (y algunas veces artista del tatuaje) llamado Mickey Kellet. Steward le compró a Kellet el equipo completo -hojas de diseño, máquinas y esténciles- por treinta y cinco dólares. “Había ocho máquinas en varios estados de deterioro, un transformador y un reostato, y cientos de esténciles viejos, todos cubiertos con manchas grasosas de vaselina y polvo negro,” Steward recordó más tarde. “Había [también] una pila de dos pies de alto de cientos de bocetos [de tatuajes].” Su primer desafío estaba en limpiar todas estas cosas sucias para hacerlas aptas para trabajar. “[Me] llevó una semana… [e incluso después de que] refregué cada esténcil con detergente, aún apestaban.”
La decisión de Steward de establecerse como artista del tatuaje había estado basada, en gran parte, en su ignorancia de los peligros de la vida del tatuaje. “Si hubiese visto los dieciocho años siguientes por adelantado, develados de repente en su complejidad”, escribió cuando su carrera ya había finalizado, “quizás me nunca hubiese sumido en el mundo del tatuaje. Me hubiese aterrorizado.” En efecto, aparte de una clientela altamente impredecible y usualmente criminal, Steward también tendría que lidiar con una surtida gama de traicioneros colegas tatuadores. “Hay poco que pueda compararse con las tácticas degolladoras, el engaño y las artimañas del mundo del tatuaje”, escribió más tarde. “¿Y porqué no había de serlo? Un buen cuarenta por ciento de sus practicantes en esos días estaba compuesto de ex-convictos o estafadores, borrachos, golpeadores de mujeres, desertores del ejército, vendedores [de drogas], [y] asesinos… este era el mundo al que me había unido.”
En un esfuerzo por mantener su vida de tatuador separada de su vida como un profesor de universidad, Steward decidió abrir su negocio usando el pseudónimo de Phil Sparrow. Más tarde explicó a sus amigos el nombre diciendo que un artista del tatuaje, como una golondrina, debe picotear (con su aguja) para abrirse camino en la vida; pero Steward había de hecho usado un pseudónimo similar (Philip Sparrow) mientras escribía sus columnas para el Periódico Dental de Illinois. Dado su cuerpo enjuto y pequeño tamaño, Steward era adecuado para el nombre Sparrow. Pero también tenía un precedente literario: el poema de John Skelton inspirado en Catulo “El libro de Phyllyp Sparrowe”, el lamento burlón de una joven dama por su golondrina mascota -un pequeño pájaro que había, en momentos más felices,
.... muchas veces y a menudo,
Entre mis pechos suaves
Yacía y descansaría;
Era propio y presto.
Entonces el nuevo nombre de Steward como artista del tatuaje, como muchas otras cosas que hizo, combinaba un erotismo juguetón con un poco de alusión poética y erudición literaria.
Mientras tomaba medidas para comenzar a trabajar como artista del tatuaje, Steward continuó probando su habilidad en la ilustración homoerótica, concertando para vender sus dibujos sexualmente sugestivos a través de una pequeña compañía llamada Empresas Thor. Él fue advertido severamente sobre ese proyecto por Kinsey, quien le recordó que enviando tal material a través del correo por dinero estaría “sujeto a investigación de la Oficina de Correos y el F.B.I… Casi [todos quienes lo hacen] últimamente termina[n] en problemas con el gobierno Federal”. El más conocido caso de tales problemas era el de Bob Mizer, dueño de la revista Athletic Model Guild, quien había pasado seis meses en una prisión-granja en California en 1947 por diseminar fotografía fisicoculturista “obscena”. Desde entonces, la aplicación de la llamada Ley Comstock que prohibía enviar materiales obscenos a través del correo era crecientemente vigorosa, con agentes federales acosando no sólo a los proveedores de fotografía eróticamente sugestiva, sino también a editores de ficción literaria. El correo dirigido a Kinsey y al Instituto de Investigación sexual era requisado rutinariamente.
Como resultado, Steward enfocó más energía en escribir sobre sus actividades sexuales en lo que llamó su “diario de Chicago”. Haciendo esto actualizó su Archivo de Sementales, y realizó un asombroso descubrimiento sobre su vida sexual: “En los pasados siete años tuve tantos encuentros sexuales como tuve en mi vida anterior, hasta ese momento. Es fantástico: 1,100 encuentros hasta la edad de 38 años, ¡y 1,100 más desde entonces!”.
Al comenzar el período de otoño, Steward estaba cada vez más consciente del avance de su mediana edad, porque su verano en San Francisco había estado lleno de rechazo sexual, y a su vuelta, Bobby Kraus también lo rechazó.
George Reginato, aunque inscripto en una de las clases de Literatura Inglesa de Steward, no parecía ya interesado en intercambiar sexo por notas. A medida que avanzaba el semestre, Steward se sentía más despojado de contacto sexual con los hombres jóvenes que él deseaba. Desarrolló una serie de agudos, casi incapacitantes enamoramientos por varios alumnos jóvenes -pero enfrentado con la imposibilidad de consumar esos deseos, se hundió en la desesperación.
De hecho, la situación de vida de Steward en ese momento no era buena. Su cuerpo estaba envejeciendo y su potencia disminuyendo; él ya no era el relativamente desenfadado, atractivo, resistente joven que había sido alguna vez. No tenía ahorros ni seguridad laboral, y odiaba su trabajo en DePaul. Ahora a los cuarenta y cuatro años, había logrado muy poco como académico o como escritor aparte de una temprana y prometedora novela. Batallando con la depresión, comenzó a confiar en la Benzedrina para ayudarlo a pasar su día en la universidad, y tan pronto como ese día acababa, se escapaba a los salones de juegos y tiendas de tatuajes de la calle South State -porque el amplio mundo de los bajos, sin importar qué tan poco esperanzador, era un cambio bienvenido del salón claustrofóbico de la facultad en DePaul.
En sus primeros intentos de establecerse como artista del tatuaje, Steward había hecho una serie de viajes a la Estación de Entrenamiento Grandes Lagos con el pretexto de visitar marinos lisiados y heridos. Una vez allí, distribuyó sus tarjetas de negocio de tatuaje a través de la estación, y se entretuvo en pasillos y baños para ver si alguien interesado aparecía. Una entrada del diario describe estas visitas:
Qué cálida y placentera experiencia fue una vez más llegar a la puerta en Grandes Lagos y ver a los guapos marinos -docenas y docenas de ellos, y mirarlos pavonearse por los pasillos del edificio de entretenimiento, e ir con ellos a su baño, ¡y espiar desde el propio urinal la línea de penes puestos de costado fuera de sus incompletamente desabotonados pantalones!
Las visitas lo dejaban en un estado de excitación sexual tan alta que no dudó cuando, al retornar de una de estas salidas, Bob Berbich lo llamó por teléfono para sugerir un encuentro tardío en la noche:
Caliente por la visión de los marinos, dije que sí -me puse jeans y una campera de cuero, y fui a tomar el colectivo… para encontrarlo en el estacionamiento al lado de la torre del Tribune. Y allí a plena vista, y con el banco de luces de la torre Wrigley iluminando brillantemente el ambiente, le hice sexo oral… deleitándome en el pensamiento de qué dirían mis estudiantes si me hubiesen visto en ese momento.
El desprecio de Steward por la academia (y su ira por su posición dentro de ella) era ahora tal que abandonó toda investigación académica y también descuidó enormemente sus cursos. En cambio se enfocó exclusivamente en escribir sobre sexo y tatuar. “En las últimas semanas, la marca del tatuaje ha aumentado su estimulación sexual en mí”, escribió en una entrada de su diario. “La visión de uno o más en un brazo se vuelve espantosamente atractiva; me encuentro queriendo lamer el tatuaje, o chuparlo -o al menos agarrarlo y pasar mi dedo sobre él. La necesidad por la aguja está creciendo en mí otra vez; si no consigo que alguien más sea la víctima, tendré que renovar el de mi cadera derecha.” En otra él confiesa,
La pasión me venció hoy, y… [Lo] hice de nuevo, por tercera vez, [agregando trabajo a] la pequeña flor estilizada en el pico de mi cadera derecha… después a lo largo de mi palma izquierda y antebrazo puse una serie de medidas -pequeñas marcas rojas, apenas visibles a simple vista después de sanar [espero] que indican 5, 6, 7, y 8 pulgadas. Entonces nunca andaré sin una regla… [y] esas fantásticas pretensiones de [penes que miden] 10 y 12 pulgadas pueden ser ahora detectadas y refutadas.
Steward continuaría agregando tatuajes a su cuerpo durante años, muchos de ellos imborrables declaraciones de rebelión sexual. Diez días después de aplicar las marcas de medidas de penes a su antebrazo, describió un muy indiscreto diseño nuevo que había creado para su hombro:
Quiero algo agregado al látigo en mi [deltoide] derecho… Un pene volador, un falo alado, Pompeyano, ubicado justo sobre el látigo, alas extendidas, el cuerpo de un rojo brillante. El tipo de cuidado que tendría que tener sobre esta obscenidad puede ser avergonzante y limitante -y sin embargo lo deseo poderosamente. ¿Cuánto exactamente del sentido de culpa y castigo, del estigma de la marca de Caín, La Letra Escarlata, la marca en la cara del ministro (y el velo negro) están mezclados en esto? ¿De qué oscuridades surge la sensación de necesidad de castigo? Estoy asombrado de verlo en mí mismo -y por supuesto me empiezo a preguntar si tener el pene ahí es totalmente el resultado de sentimientos de culpa. ¿No podría esto ser pensado como una especie de advertencia?
Dietzel aplicó el falo alado al hombro de Steward más tarde esa semana. Habiendo realizado una imagen tan radical e imborrable sobre su cuerpo, Steward entonces reconsideró lo que se había hecho a sí mismo, y reconoció en su diario que estaba en medio de una gran transición de la vida:
Durante algún tiempo -digamos cuatro o cinco años- ha estado creciendo en mí la tendencia de despreciar a los intelectuales… mi desdén por los falsos intelectuales, por el lenguaje elegante del arte y la crítica musical y la crítica literaria, mi desprecio por el Homo pedanticus o academicus ha estado creciendo por algún tiempo; y [sin embargo estoy]... buscando los opuestos de las cosas que he admirado tanto… Oh, por supuesto, me doy cuenta de la imitación y la completud del deseo de lo sexual -pero también está el dejar el mundo que conozco. De una forma oscura, creo que el tatuaje está conectado con todo esto… Los tatuajes que tengo me alían con la manada, los rudos, los de clase baja, los criminales -y me gusta no sólo sexualmente sino porque ese mundo [de los de clase baja y los criminales] escupe en la cara del que me ha contenido hasta ahora.
Kinsey, después de recibir algunos de estos escritos, le escribió a Steward, “Recién revisé tu manuscrito… es el análisis más perspicaz de la psicología del tatuaje que he visto… Haz contribuido con un importante documento.” Alentado, Steward continuó reflexionando sobre lo que se había estado haciendo a sí mismo:
Una Nueva Cosa que estuve desarrollando: la idea que tengo se vuelve subconscientemente irritada con la matriz burguesa que me ha contenido [porque] la desaprobación de la homosexualidad por la matriz se ha vuelto finalmente aparente para mi yo enterrado -con el resultado de que quiero expulsarme a mí mismo de la vida que me ha sostenido hasta ahora. Por lo tanto, tatuar… ¿qué mejor forma de expulsarme a mí mismo que cubrirme con tatuajes- y [cubrir] a otros [también], así arrastrándolos conmigo?
Mientras ponía en peligro su carrera académica, Steward se estaba volviendo nuevamente consciente de sí mismo. Aunque fuertemente atraído hacia hombres trabajadores y criminales, él no había tenido previamente acceso fácil a tales hombres. Tatuar, ahora presentía, podía cambiar eso. A fines de octubre escribió conmovedoramente sobre el tema de los hombres trabajadores en sus diarios, de una forma que deja claro que su deseo de vivir y trabajar como un artista del tatuaje estaba basado al menos en parte en su persistente deseo de encuentros con hombres de este ambiente:
Jimmy y Lonnie Knight ahora viven en el tercer piso en un cuarto de 50 x 20 -solía ser un antiguo salón de baile. Jimmy dijo que habría mucha gente bonita allí; y creo que lo defraudé cuando -después de conocer a quince- le dije por favor déjame saber cuando lleguen los bonitos. Vi que de toda la multitud sólo uno, Dick algo -con una frente baja, manos grandes, un tipo de cuerpo de trabajador bohemio, y una expresión pequeña que me recordaba a la de Art Craine. Me golpeó la soledad de todos, incluyéndome;... Había pocos “cargadores” u obreros; la mayoría se quedó en los grupos en que habían llegado. Todos ellos eran los elegantes, o los semi elegantes, -y me sentí fuera de lugar. Pero en vez de la miserable asunción de timidez en la cara de la belleza, me gratifiqué al encontrarme enredado en pequeñas redes violentas de desprecio cuando miré sus gemelos y su pelo cuidadosamente arreglado -oh, las máscaras brillantes, insinuando el vacío dentro… El miedo acechando en ellos, las cejas arqueadas y depiladas, la espolvoreada pastosidad de la piel (que no esconde las arrugas del cuello cuando la cabeza se voltea hacia un lado -entonces), las posturas elegantes, las líneas de trajes de Brook Brother bien cortados, los anillos -mi dios, los anillos! El tal Dick que me gustaba más, el Neanderthal, se arruinó a sí mismo (para mí) con una piedra cuadrada y negra de tres cuartos de pulgada en un grueso y peludo dedo, tan fuera de lugar como un pañal en el David.
Odio las fiestas de maricas… Toleré [esta noche] mejor de lo usual, sin embargo, porque al final de la noche sabía que estaba esperándome el antídoto al humo y los anillos y el cuarto de cachorros y el perfume Knize Ten -Bob Berbich, el camionero larguirucho con su cara como calavera, su cuerpo en que cada músculo sobresale, con la piel del trabajador que nunca tiene tiempo de buscar el sol y que mantiene la blancura del invierno todo el año… Bob Berbich, quien ha sido… fiel todos estos años, con su gramática pobre, su visión limitada, su total y absoluta falta de “cultura” en cualquier forma, sus placeres proletarios (un auto nuevo cada año, el viejo entregado a cambio…) -y [lo imagino] parado allí, su pene parado, sus manos apretadas detrás de su cabeza (con miedo de que si me toca mientras me arrodillo frente a él, algo de mi mariconez se le contagiará), y guiándome aquí y allá alrededor del cuarto, yo siguiéndolo por el cuarto casi en mis rodillas -y luego él yendo a la cama, donde… su cabeza elevada en la almohada, sus manos aún detrás de su cabeza… nos ponemos a trabajar en serio… en el momento del orgasmo, sólo hay una leve, muy leve contracción, un pequeño espasmo, y un pequeño “¡oh!” escapando apagado de su boca, o una pequeña exhalación de aire. Cuando voy a escupir, sé que para cuando vuelva él estará levantado y vistiéndose, sus shorts puestos -y luego un apretón de manos final, una promesa de llamarme la próxima semana, una advertencia de conseguir algunas fotos nuevas para estimularlo, y se va.
El tiempo y las repeticiones han desgastado la excitación de un pezón desnudo que él al principio me trajo -y sin embargo mientras me siento aquí escribiendo y pensando en eso, me siento llevado a decir que no lo cambiaría a él ni a esa visita semanal o bisemanal por cualquiera de las maricas de la fiesta de Jimmy. Él es… “intercambio puro” -nada de tonterías, muy parecido a un negocio y cuestión de hecho. A veces me pregunto qué piensa al respecto [de nuestros encuentros]... cómo lo dice. “Bueno, es sábado -supongo que lo llamaré, y saldré y lo dejaré tenerlo.”
A través del diario, Steward estaba llegando a un entendimiento más claro de la nueva vida que quería llevar. Estaba llegando, también, a reconocer otros oscuros deseos:
[Un ejecutivo que conozco] quería un “chico de fiesta” para uno de los clientes de Young & Rubicam. Le dije que si me llamaba la semana siguiente tal vez tendría algunas noticias para él… Llamé a Bobby Krauss y le pregunté si quería ser un chico de fiesta por diez dólares -para alguien que tenía cerca de 40 años, alto, y “No sé si es guapo o no, ése es un tema personal.”... Todo el episodio.. Me excitó un poco. He arreglado encuentros de gente para gente, pero tanto como sé, ésta es la primera vez que hago proxenetismo… quizás le pida 50 centavos a Bobby, sólo como pieza de recuerdo. Puedo seguir toda la cosa en mi mente - Bobby en pantalones y campera, golpeando la puerta de la habitación de hotel; se abre; él está ahí -una bata de baño descuidadamente apartándose en un gran marco, un gran pene erecto, y el pequeño Bobby ganando su dinero, y yo pidiendo una tajada. Es extremada y deliciosamente perverso, por supuesto, especialmente porque Bobby tiene diecisiete años -algo que el mismo Genet admiraría, estoy seguro.
Durante noviembre, mientras trabajaba como telonero en la ópera (Callas cantaba Norma y Traviata, y Steward estaba sentado sólo a unos pies de distancia de cada una de sus actuaciones), Steward se enteró por Larry el Tatuado que un puesto de tatuador en el centro comercial Sportland en la calle South State estaba disponible para ser alquilado. Justo al sur del circuito y sólo a unas calles del Lago Michigan, la calle South State consistía a principio de los ‘50 en varios lotes vacíos, antiguas salas de juego, shows de burlesco, tiendas de empeño, y albergues para indigentes. Los borrachos yacían desmayados en las entradas, y las alcantarillas hedían a vómito y orina. Steward recordó su primera visión del puesto años después:
El Sportland se veía muerto y sucio desde afuera, y más oscuro y más muerto adentro - largo y sombrío, con paredes sucias. Contra la pared izquierda, corriendo claramente hacia una galería de fotos, había una apretada fila de antiguas máquinas de proyectores de diapositivas para mirones [que] databan de los años ‘20… una adivina egipcia pintada en plástico y encerrada en vidrio con un velo podrido miraba una fila de cartas…
Él se mudó al espacio de 9 metros cuadrados, al que apodó “la jaula”, el 11 de noviembre de 1954, inicialmente planeando compartirlo con un tatuador alcohólico que el dueño del centro comercial esperaba desalojar. Ese tatuador, Randy Webb, había sido amigo de Mickey Kellet, el borracho que le vendió a Steward su equipo de tatuar, y de hecho Webb esperaba que Kellet se le uniera en el espacio. Cuando el dueño del centro comercial eligió a Steward como inquilino en vez de a Webb, éste se disgustó con él instantáneamente, y el sentimiento era mutuo:
[Webb era] un [sin dientes] pequeño hombre viejo con pelo marrón amarillento… No sólo su barbilla casi se encontraba con su nariz… sino que tenía una de las peores pieles imaginables… cubierta con sarpullidos- pústulas escarlatas y púrpura que disfrutaba apretar y explotar llenas de una cucharada de té de pus y materia amarilla. Sin ninguna duda era la persona con la apariencia más repugnante que hubiese visto en la calle, y [con el tiempo probaría] el más chanta y astuto traicionero de todos.
Al principio Steward ocupaba el puesto los miércoles y los fines de semana, Webb el resto del tiempo. Pero cuando Steward se erigió como el mejor artista, los clientes en busca de tatuajes comenzaron a abandonar a Webb en favor de él. En venganza, Webb comenzó a decir que Steward era homosexual. “En esos días”, Steward escribió más tarde, “tenías que mantenerlo escondido. De otra forma [te arriesgabas a una paliza, u otra cosa] sería permutar sexo oral por tatuajes” (enfrentado con un repentino flujo de “chicos-trueque”, Steward simplemente les dijo que tenían al hombre equivocado, y los enviaba cruzando la calle a un grotescamente feo y alcohólico tatuador llamado Shaky Jake.)
La vecina Misión Jardín del Pacífico también probó ser problemática. Mientras traficaba en “la cosa usual del predicador del tipo de la extrema derecha fundamentalista, derivado de… Billy Sunday, quien de hecho había sido ‘convertido’ en su local”, la misión rápidamente se reveló a Steward como otra estafa -una que después de dar donas y café gratis a los marinos, más tarde les sacaba generosas donaciones a sus preocupados padres. Particularmente hiriente para Steward era la práctica de la misión de enviar a sus borrachos temporariamente reformados, conocidos como “corredores”, a detener a los marinos antes de tatuarse. Steward eventualmente contrató a un abogado para evitar que la misión interfiriera en su negocio.
Al abrir su puesto en el centro comercial Sportland, Steward sabía que estaba corriendo un enorme riesgo con su carrera académica. Pero era, de hecho, un riesgo calculado -porque aunque sabía que quería ser un artista del tatuaje, aún no sabía si podría hacer suficiente dinero en el trabajo para sobrevivir, y quería aferrarse a su paga de DePaul tanto tiempo como fuese posible. Mientras su trabajo a contraturno era de seguro una expresión de ira contra la universidad - porque se sentía extremadamente enfermo siendo usado por la administración - para Steward trabajar como tatuador era otra forma de buscar excitaciones. Nunca antes había hecho algo tan potencialmente peligroso para su vida y su reputación profesional, y nunca antes había trabajado en un lugar tan arriesgado como la calle South State. Como resultado, escribió, “El efluvio dañino de la calle y la excitación comenzaron a jugar maliciosamente con mi sentido de la realidad, dándome una separación casi esquizoide de la mente y las emociones… yo [había entrado]... al sórdido, saturado mundo de putas y proxenetas y vendedores de droga y borrachos y convictos -sí, y de artistas del tatuaje.”
Si bien llevar una doble vida de este tipo podría haber sido difícil para el hombre promedio, Steward estaba lejos de ser tal. Él había, después de todo, vivido con una fuerte consciencia dividida desde su infancia, cuando se mostraba angelical para sus tías y maestros, y como un renegado para los niños del barrio. Como un homosexual enclosetado con una vida sexual excepcionalmente dinámica, había necesitado vivir una vida de constante encubrimiento y engaño. Durante años había jugueteado con el peligro y el descubrimiento mientras se movía entre una serie de personas altamente compartimentadas. Ahora sin embargo, él se había vuelto totalmente otra persona: el profesor Sam Steward de día, el tatuador Phil Sparrow de noche.
No había, por supuesto, ningún tipo de explicación para los amigos. Incluso entre los más permisivos y comprensivos de ellos, Steward casi no podía comenzar a describir su fijación erótica con los tatuajes y con tatuar, ya que en ese momento de la historia, tales marcas eran vistas mayormente con horror, y eran llevadas casi exclusivamente por inadaptados y parias. (Tampoco podría explicarles a sus amigos su atracción abrumadora por los delincuentes, criminales, rudos de la calle, y hombres trabajadores.) Para muchos de sus conocidos más liberales, incluyendo a Kinsey, los tatuajes eran una marca de degradación, y ser un artista del tatuaje era traficar con la corrupción. En ese sentido, tatuar era el opuesto de la vocación de Steward como maestro, que ya había dedicado casi veinte años a iluminar las mentes jóvenes. Steward mismo estaba silenciosamente conflictuado sobre esta nueva actividad, ya que gran parte de su atracción venía directamente de su instinto de que lo que él estaba haciendo era profundamente malo, pecaminoso, y erróneo. “[Mi] secreta vergüenza sobre toda la cuestión”, escribió más tarde, “me llevó a denigrar el oficio refiriéndome a él usualmente como ‘escrachar’... como para mostrar mi desprecio ‘intelectual’ por tal profesión.”
Después de que Steward se estableció como tatuador en la jaula, Kinsey le hizo una propuesta, una que añadiría un componente intelectual a su trabajo allí:
Después de que pasó un mes o dos en mi nueva carrera, [Kinsey dijo], “Tú eres probablemente uno de media docena de los tatuadores letrados del país -si de verdad hay tantos. Y hemos notado tatuajes en cientos de personas durante nuestras entrevistas. Pero ellos parecen totalmente incapaces de decirnos porqué se los hicieron, y no tenemos tiempo para sondear tan profundamente como quisiéramos en ese aspecto… [Entonces] haz un diario para nosotros sobre lo que puedas percibir como motivaciones para tatuarse. Puede que no seas un observador entrenado científicamente, pero tienes el ojo de un escritor, y deberías ser capaz de desenterrar una cuestión importante.”
El diario del sexo-y-tatuaje de Steward duraría seis años, y amontonaría más de mil páginas en una escritura a máquina con espaciado simple; con él conservó estadísticas notables sobre las respuestas físicas y emocionales al tatuaje, basando estas estadísticas en encuestas que realizó informalmente a sus clientes. Más tarde notó que junto con sus investigaciones de la psicología y la sociología del tatuaje, el diario evolucionó a un registro parcial de segmentos de las subculturas que existían en los ‘50. “La tienda de tatuajes era por supuesto un imán para los jóvenes marinos de botas destinados a la cercana Estación de Entrenamiento Naval Grandes Lagos, pero también atraía a las jóvenes pandillas de Chicago, los delincuentes juveniles, los hombres jóvenes sexualmente confundidos y desarraigados (a veces analfabetos) -los rebeldes sin causa. En un sentido, el diario cristaliz[ó] un tiempo problemático que incluyó el macartismo, Korea, y las semillas de la más profunda rebelión de los ‘60.”
Lo que Steward omitió en esta descripción, sin embargo, fue que el diario también era una altamente detallada confesión sexual -porque apenas lo comenzó, se encontró eróticamente traspasado por los hombres que llegaban por tatuajes, y también se encontró sorprendentemente exitoso al proponérseles. A través de la extraña brujería que venía con la aplicación de los tatuajes en el cuerpo, descubrió que podía establecer una conexión poderosamente íntima con ellos. Algunas veces sólo observaba las respuestas sexuales en los hombres; otras veces, terminaba teniendo una interacción sexual con ellos. Tan seguido se encontraba emocionalmente abrumado por estos hombres cuyos cuerpos él estaba manipulando tan íntimamente, por su excepcional juventud y belleza que lo dejaban en un estado altamente sensible. Como resultado sus alegrías eran también suyas, y lo mismo sus tristezas:
[El otro día en la tienda de tatuajes] había estado esperando un joven de 17 años en un gran piloto de la Marina… Llegó su turno- se sacó el piloto [y] estaba usando una campera de corderoy gris demasiado pequeña para él, y un par de pantalones indescriptibles… [Puse un corazón atravesado por una flecha en su] antebrazo… él estaba un poco presionado por el tiempo, mencionó East Liverpool y el tren partiendo pronto. Sólo cuando se paró para ponerse el piloto de la Marina, sin embargo, tomó la campera de corderoy y dijo: “Traje de la Marina”. Donde toda la historia se reveló -él había ido a Grandes Lagos, y allí había sido rechazado por una deformación o torcedura, y ahora estaba volviendo. Yo estaba derribado, y sentí el aislante deshaciéndose en mí tanto que mi propio labio comenzó a temblar, como el de él lo estaba haciendo, contenido sólo por la voluntad. Lo sentí todo vívidamente, quizás porque era tan cercano a mi propia experiencia: la vergüenza del rechazo, el gran deseo de usar el uniforme -y luego a eso podía agregar su sentimiento de soledad en la gran ciudad, y el gesto final desesperado de algo para recordar la Marina -o algún pequeño signo de su demasiado corto período de servicio: el tatuaje, para mostrar a los muchachos en casa, al menos, un recordatorio patético de una carrera truncada, una gran esperanza extinguida.
Estaba más conmocionado por el chico de lo que quise admitir…
Con entradas como esta, Steward comenzó a descubrir la verdadera importancia de su diario: como el Teniente Seblon en Querelle de Brest, su escritura exploraría sentimientos que de otra forma serían negados a cualquier expresión – ya que no había nadie en su vida con quien pudiera compartirlos, incluyendo a los hombres jóvenes que los evocaban. Tales historias nunca podrían ser publicadas, o contadas a sus amigos. Steward estaba completamente solo en este nuevo mundo de su creación, pero la idea de un oyente comprensivo – el padre-confesor que tan vanamente había buscado en su conversión al catolicismo en los '30, y subsecuentemente encontrado en Alfred Kinsey – ahora lo empujaba a escribir sobre sus pensamientos sexuales, sentimientos, y actividades como nunca antes. Era el único lugar donde podía decir la verdad absoluta. Como resultado, su implicación con el diario se volvió totalmente absorbente, y probaría finalmente ser la relación más íntima de su vida.
Trabajando en la universidad de día y luego tatuando de noche, Steward ya no tenía mucho tiempo para el sexo. Para diciembre comenzó a sentir la falta, y comenzó a planear encuentros sexuales con sus contactos estables – ya fuese de a uno o en grupos de tres o cuatro, acogiéndolos por turno en su casa. También comenzó a usar un libro de firmas en la jaula como forma de desarrollar nuevos y potenciales contactos sexuales por teléfono y correo.
Al mismo tiempo, comenzó a tomar más seriamente el tatuaje. A principios de diciembre acogió a Kinsey en una larga visita a la jaula de tatuajes; Kinsey estaba fascinado por todo lo que observó. Además logró obtener una copia rara de “Tattoo: secretos de un extraño arte como lo practicaban los nativos de los Estados Unidos” de Albert Parry. Publicado en 1933, Tattoo era un trabajo referente que había tomado un acercamiento freudiano a su materia, asegurando que había una fuerte afinidad entre el tatuaje y el sexo. Como en el sexo, el tatuaje incluía tanto un compañero activo y uno pasivo; inserción; sensaciones fuertes; y una experiencia a través del dolor consentido de un cierto tipo de dominación y sumisión simbólica. A pesar de que Steward no era freudiano, sintió que la mayoría de las conclusiones de Parry eran rigurosas, ya que él experimentaba esas sensaciones diariamente en la tienda de tatuaje. También sintió que había mucho más por ser escrito sobre la relación entre el sexo y el tatuaje, y se decidió a escribirlo. Durante las próximas dos décadas, él recolectó libros, revistas y artículos sobre tatuajes, tanto como manuales, libros de fotografía, y memorias. Él lo hizo con la ambición de algún día crear el trabajo definitivo sobre la relación del sexo con el tatuaje -basándolo en gran parte en su propia experiencia de primera mano.
Para el final de sus primeros dos meses en el centro comercial Sportland, Steward encontraba el tatuaje tan satisfactorio en muchos niveles -y tanto como una aventura (sexualmente y de otras formas) – que difícilmente parecía preocuparse por sus deberes de enseñanza en DePaul. En las vacaciones de navidad viajó hasta San Luis para asistir a la boda de su hermana, pero en vez de quedarse con su familia volvió a Chicago en la víspera de año nuevo, y a su vuelta fue directamente a la jaula. “Debo ir a la tienda,” le escribió a un amigo que quería detenerse en su apartamento por sexo. “Lo siento, pero tiene una mayor atracción… Nunca he hecho nada que hiciera a mi Ello ronronear como esto lo hace.” Como si fuese a confirmar la extraña nueva dirección que su vida había tomado, Steward registró su aventura sexual final del año 1954 en su diario, que una vez más incluía a su compañero de clase trabajadora favorito, Bob Berbich:
Y entonces… al edificio del Sun Times… donde encontré a Bob Berbich a las 11:45. Él me llevó en su auto al nivel más bajo, buscando un lugar para estacionar, para que yo pudiera darle sexo oral de Año Nuevo… Cada lugar que probamos era demasiado cercano a una oficina del cuidador del puente que miraba hacia el auto, o había camiones pasando. Finalmente, nos dimos por vencidos y él sólo manejó, las luces titilando en un patrón… Él de repente se puso duro cuando acabó, pero.. siguió manejando. Fue una gran experiencia, y una linda manera de ser guiado al Año Nuevo.
Traducción libre de María de la Paz Díaz
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