jueves, 22 de diciembre de 2016

“Construyendo historias de Chris Ware: una lectura feminista” de Aleksi Siirtola (fragmento)

“Construyendo historias de Chris Ware: una lectura feminista”

Aleksi Siirtola, "Chris Ware's Building Stories: A feminist reading."
Traductores: María Paz Díaz y Bruno Percivale- UNLP “Se debe prestar especial atención al rol del feminismo dentro del campo de los cómics - después de todo, esta tesis es sobre una novela gráfica. Aunque ciertamente no son una forma de arte eximida del resto de la sociedad, los comics son, interesante e importantemente, un género que por un lado es joven y por otro que está al mismo tiempo constantemente evolucionando y estancado. Lo que quiero decir con esto es que mientras algunos géneros permanecen esencialmente iguales durante décadas, la proliferación de la escena underground de cómics en la mitad del siglo 20 y la evolución de los cómics de internet al final del mismo siglo han servido para crear un ambiente fértil para la expresión donde la absoluta libertad del patriarcado es posible, ya que los cómics son baratos y fáciles de distribuir en línea. A pesar de esto, por supuesto, los cómics no han sido inmunes a la predominante objetualización y a los roles de género convencionales que son impuestos a las mujeres. Examinando ‘Las superchicas: moda, feminismo, fantasía y la historia de las heroínas de cómics’ de Mike Madrid, Carr (2011) menciona que incluso las superheroínas están sujetas a las mismas expectativas conservadoras: ‘ El autor también dedica un capítulo a discutir un aspecto poco tratado de la superheroína: el balance que muchos personajes deben recorrer entre combatir el crimen y criar niños.’ (107). Al contrario, muy pocos cómics americanos -especialmente cómics de superhéroes- tratan sobre la paternidad. Batman tiene un hijo con Talia Al Ghul (al menos previamente al Nuevo 522, con el que no estoy familiarizado), pero su hijo permanece desconocido para él hasta que ha empezado su pubertad, llegando a Batman ya como adolescente - un personaje en sí mismo y no una carga para obstruir sus aventuras, como es usualmente el caso de las superheroínas en sus conflictos con la maternidad.” Pp.17
“¿Qué es la crítica feminista? ‘La crítica feminista puede ser vista como una ‘lectora desde la resistencia’, que analiza el significado de una performance leyendo a contrapelo de los estereotipos y resistiendo a la manipulación tanto del texto de la performance como del texto cultural al que este ayuda a dar forma’ (Dolan 1991, 2). La crítica feminista resiste a la objetualización, resiste a las clasificaciones. Esta resistencia puede tomar la fuerza de un discurso racional: ‘una pasión de ojos abiertos, que dice la verdad, contra ‘los poderes establecidos’ y ‘los censores interiores’, puede ser una ventana hacia el futuro’ (Elshtain 1981-1982, 129). Incluso esto es complicado, puesto que a lo largo de la historia la gente ha identificado las combinaciones ‘masculinidad + objetividad’ y ‘masculinidad + cientificidad’ (Fox Keller 1988, 81). Fox Keller se agrega también al sentimiento de Butler y de A. MacKinnon (y muchxs otrxs) al declarar que ‘las hormonas sexuales tienen todo tipo de efectos en la inteligencia o personalidad propias, pero es innegable que nuestras ideas sobre las diferencias de los sexos no pueden ser adjudicadas completamente a la biología.’ (Fox Keller 1988, 86), La relación de la mujer con su cuerpo y con el cuerpo, igualmente, no es simple: ‘al igual que la sexualidad y la corporalidad han sido vistas como métodos fundamentales de opresión, también se los ha vislumbrado como fundamentales para la emancipación’ (Koivunen et al. 1996, 31).” Pp. 19-20
"Un atributo del feminismo de la tercera ola es que su alcance se ha extendido hacia los cómics, convirtiéndose en no sólo una considerable sino crucial herramienta que no puede ser ignorada en el análisis feminista de cómics. Los cómics en sí mismos han evolucionado, aunque la mayoría de ellos han perpetuado y presentado visiones estereotipadas y limitadas de las mujeres - ellos han, en los años recientes, comenzado a desafiar esas imágenes (Klein, 1993, 60). Dentro de la tradición del cómic - e incluso en la de la pintura- 'el espectador siempre es asumido como varón, y la mujer ideal es siempre asumida estando ahí para halagarlo' (Klein 1993, 61). Estas nociones han sido desafiadas, no sólo por algunos individuos y obras del género cómic mainstream, sino aún más prominentemente por cómics feministas. Describiendo el humor de los cómics feministas, Klein nota que 'reconoce que lo personal es político confrontando cuestiones de sexismo, género y economía' (Klein 1993, 63). Tanto los cómics como el feminismo son inescapables y ubicuas presencias: los cómics 'continuarán ejerciendo un rol importante en nuestra cultura debido a su atractivo masivo y circulación mundial' (Klein 1993, 65). Ahora más que nunca, con servicios como Comixology, las bibliotecas digitales de Marvel y DC cómics, los cómics son más asequibles y accesibles de lo que nunca han sido." Pp. 24 "La pregunta final que permanece es entonces: ¿cómo puede uno analizar cómics desde un punto de vista feminista? Algunas formas son obvias: analizando la representación de las mujeres, el rol de las mujeres, las relaciones entre mujeres y hombres, la significación narrativa y la acción de las mujeres en el cómic, etc. Donde esto se vuelve complejo es en la misma naturaleza de los cómics. Con los cómics, la combinación de palabras e imágenes tiene un número de implicancias y son ocasionalmente ambiguas. O, como MCCloud lo pone en su renombrado estudio de los cómics 'Understanding comics - The invisible art' : 'Cualquiera sean los misterios dentro de cada viñeta, es el poder de clausura entre viñetas lo que encuentro más interesante'(1993, 88). Entonces no sólo son los ‘gutters’ -el nombre que se le da comúnmente al espacio entre paneles- comparables a lo que no está escrito en un libro: los eventos, objetos y -en el caso de la escritura- visuales que no son descritos - un elemento significativo, sino uno de los más importantes y ambiguos elementos de los cómics." Pp. 28 "A pesar de los antes mencionados atributos únicos de los cómics, yo no reivindico que las novelas gráficas deban ser analizadas de una manera radicalmente diferente de cualquier otra forma de texto literario. Mientras los cómics emplean el medio visual de manera única con el texto, comparten incontables características con la literatura convencional: usan el mismo lenguaje, son leídos de la misma manera, comparten los mismos géneros, etc. No hay ninguna razón por la que la crítica literaria convencional no pueda ser usada en los cómics; la única advertencia es que uno debe también estar atento a las ramificaciones de los elementos visuales. Así entonces la crítica de cómics feminista es tanto una crítica feminista como una crítica de cómics que busca los mismos elementos en los cómics que él/ella* buscaría en los textos, pero siempre con un ojo alerta puesto en los gutters, las viñetas, las composiciones y la unión de texto e imagen, y en el potencial significado de todos estos factores en relación al sentido y al propósito del discurso feminista relevante que tiene lugar en el trabajo fuente.” Pp. 31
“Building Stories es una obra feminista. Es ‘sobre las mujeres y las representaciones de sexo y género’ (Davis-McElligatt 2012). Tiene tanto la forma de una novela gráfica como de una historieta. En realidad, sin embargo, no hay una división clara y cierta entre ambas, al punto que el mercado ha empezado a llamar a las historietas ‘novelas gráficas’. Ware mismo dice que ‘una historieta no es una imagen extraída de la vida. Una historieta sale de la memoria. Uno trata de destilar la memoria de una experiencia, no la experiencia misma’ (citado en Stattler 2010, 206). El propósito de esta sección es analizar y entender el significado de la caja de historietas de Ware. Mucho de Building stories gira alrededor de su personaje principal, la protagonista innombrada. Así, la mayoría de esta sección se enfocará en ella y en sus relaciones con los varios personajes de la obra, en 3.2.3 y sus subsecciones. Las otras secciones conciernen ellas mismas a otros elementos de la obra, contrastarla con historietas contemporáneas relevantes (3.2.1), explorar los posibles elementos biográficos y sus implicancias (3.2.2), lidiar con la potencial autoría y la estructura temporal (3.2.3) y considerar un acercamiento feminista a la forma misma de la novela gráfica (3.2.5).
3.2.1 Contraste Con sus pares contemporáneos. Una forma de intentar comprender Building Stories es comparándola con sus pares y otras historietas eminentes. Publicada en 2012, aunque fue un trabajo-en-proceso por casi una década, Building Stories es una obra que sólo sería natural comparar con sus contemporáneas, los bestseller Persépolis (Satrapi 2000), Fun Home (Bechdel 2006) y Marbles: Mania, Depression, Michelangelo, and Me: A graphic memoir (Forney 2012). Estas cuatro obras tienen mucho en común: son novelas gráficas, presentan protagonistas mujeres, tienen temáticas oscuras, ocasionales elementos cómicos y son autobiográficas. La única excepción parece ser que Ware resulta ser un hombre, y su trabajo no es en apariencia autobiográfico. Así, se abre el interrogante: ¿es esto problemático desde un punto de vista feminista? Después de todo, como vengo afirmando, Building Stories es una obra feminista. ‘Bramford, la abeja cuya vida transcurre fuera del complejo habitacional, es el único punto de vista masculino que tomamos’ (Leith 2012) e incluso Branford un día se encuentra a sí mismo más cercano a asemejar a una abeja femenina por sus piernas peludas. Leith también observa que ‘este es ostensiblemente un libro sobre construcciones, pero también es, de manera más silenciosa, uno sobre las vidas de las mujeres’ (Leith 2012). Si uno consulta a Butler, la realidad de género y sexo en Ware no tiene problemas en absoluto. Para ella, el género es construido por actos, y los compara con ‘actos performativos dentro de contextos teatrales’ (Butler 1990, 272). De igual modo, Butler señala que sumada a sus propias ideas, ‘la teoría feminista a menudo ha sido crítica con las explicaciones naturalizadas del sexo y la sexialidad que asumen que el significado de la existencia social de la mujer puede ser derivado desde algunos de su psicología’ (Butler 1990, 271). Además, Butler es escéptica de que alguien pudiera rastrear el proceso del propio género, en tanto que es ‘una construcción que regularmente esconde su génesis’ (1990, 273). Hay, por supuesto, diferentes opiniones. Brownmiller (1975) explícitamente dice que ‘en el corto plazo toda la estructura de poder legítima (y me refiero al poder en el sentido físico) deberá ser despojada de la dominación y el control masculinos - si las mujeres quieren dejar de ser un protectorado colonizado por los hombres.’ (338) Aunque el libro de Brownmiller no tiene casi nada que ver con los cómics (‘Contra nuestra voluntad: Hombres, Mujeres y Violación’) uno puede aplicar la noción implícita de hegemonía masculina venciendo la posibilidad de expresión femenina en el contexto de los cómics. Precisamente, Ware irónicamente apoya y oprime el punto de vista de Brownmiller. Él está luchando contra el “whitewashing”*1 de las temáticas feministas reconociéndolas pero, como hombre que es, al mismo tiempo está dándole voz a una narradora mujer a través de su propia herramienta de poder masculino en el mundo del cómic, el lápiz. Una visión que difiere es ofrecida por la misma protagonista en GBB (26): ‘nada fue tan malo como ese cuento que la profesora leyó en voz alta, acerca de la pareja lidiando con la infidelidad mutua, que el autor (un hombre) había escrito desde ambos puntos de vista, masculino y femenino… dios, creí que iba a vomitar…’ (los brackets son de Ware). Esto suma un nivel cómico e incluso absurdo al significado del sexo de Ware en relación a su autoría: la protagonista, basada en la cita anterior, estaría asqueada al descubrir que su escritor y creador es un hombre. Sin embargo, dentro de la obra, se implica que la protagonista es la escritora de Building Stories, pero incluso obviando esto, Ware es el creador de-facto de esta creadora hipotética. De alguna forma, las palabras de la protagonista son una expresión extrema de la retórica del fracaso de Ware, ya que incluso su propio personaje principal ridiculiza y efectivamente desecha la autenticidad de su acción. Esto de hecho no puede ser otra cosa que una compleja broma meta-construida, pero es tanto posible como probable que Ware esté usando esto para reconocer los riesgos inherentes a escribir y dibujar como ‘el otro sexo’: potencialmente un acto de apropiación hostil. Se necesita mirar más allá para encontrar las razones de las reservas de Brownmiller contra la colonización y opresión masculinas, y esto es una realidad presente también en el mundo de los cómics: éstos son considerados desde hace mucho como un medio hecho por y para hombres. Como prueba, sólo se necesita leer virtualmente cualquier cómic de superhéroes imaginable hecho antes del siglo XXI, por ejemplo el número en que Superman y Batman Jr. derrotan al alien que está lavando el cerebro de las mujeres de un pueblo para que se vuelvan feministas*2. Irónicamente, Building Stories es indistinguible de las otras historietas que fueron hechas por mujeres. Estas son mujeres que, de manera muy interesante, todas se identifican como mujeres, fueron biológicamente nacidas como mujeres pero tienen diferentes sexualidades: Forney es abiertamente bisexual, Satrapi es heterosexual y Bechdel gay, todo lo cual es muy evidente y, especialmente con Bechdel, abiertamente declarado y útil para sus respectivas obras. A diferencia de las demás, Satrapi no declara públicamente su preferencia aunque muestra interés por los hombres en su obra autobiográfica Persépolis. Aunque la sexualidad de Ware nunca ha sido cuestionada o declarada, se sabe que está casado y tiene un solo hijo, al igual que la protagonista de su obra. Las posibilidades de utilizar las novelas gráficas como un medio poderoso para la narrativa de mujeres autobiográfica ha sido notada antes: Chute (2010) acuerda que la narrativa gráfica de mujeres es usualmente traumática y que el cómic como medio es ‘apto para expresar ese registro difícil’. (2) Además, “el crecimiento del movimiento de los comix underground estuvo conectado al feminismo de la segunda ola, lo que permitió germinar a un cuerpo de trabajo que era políticamente explícito.” (Chute 2010, 20). Los cómics siempre han poseído una presencia subversiva y política, y, aún más importante, una forma única de expresarse. Como la naturaleza de los cómics es un medio que tiene sus propios elementos formales, “hay espacio para hacer una conexión productiva entre los estudios de género y los estudios de cómics.” (Vincent 2011, 32) Building Stories y Fun Home - Una familia tragicómica, comparten el mismo núcleo temático: la dificultad en las relaciones. En Building Stories, la protagonista está atribulada por sus relaciones pasadas, particularmente con Lance, y tiene dificultades con su esposo: “mi esposo a veces no tiene respeto por mi inteligencia” (FN 4). Es interesante que en este ejemplo particular en que la protagonista es castigada por su marido por tirar tampones en el inodoro, la ofensa es la misma que tiene lugar en GB (26) y en ese caso necesita de un plomero. Además, Phil y la protagonista carecen de pasión sexual en su relación, como evidencia la página 5 de FN. De igual manera, una relación compleja es el núcleo temático de Fun Home de Bechdel: la a menudo tumultuosa relación con su padre. Al igual que con Building Stories, no hay una única razón que pudiera explicar la naturaleza tensa de una relación dada. El padre de Bechdel era distante, un homosexual enclosetado, y aparentemente se suicidó (si lo hizo o no es una de las grandes preguntas sin contestar de Fun Home). Bechdel describe esta relación así: ‘era inusual, y éramos cercanos. Pero no lo suficiente.’ (p.225) y, como en Building Stories, Fun Home no ofrece soluciones, sólo misterios y cuentos trágicos. Bechdel sospecha que quizás pudo haber salvado a su padre, si tan sólo hubiese mantenido su sexualidad en secreto: ‘Si no me hubiese sentido impulsada a compartir mi pequeño descubrimiento sexual, quizás aquel trailer hubiese pasado sin incidentes cuatro meses después’ (Bechdel 2006, 59). Narrativamente, Fun Home y Building Stories tiene mucho en común. Los dos son memorias construidas a través del orden semántico - una revelación lleva al próximo evento lógico, sin importar cuándo ocurrió- y sólo raramente de manera lineal. Pero a diferencia de Building Stories, el trabajo de Bechdel tiene un comienzo y un final concretos, números de página y así forma un todo cohesivo.
A diferencia de Fun Home, Marbles y Persépolis sólo parecen tener elementos superficiales en común, la mayoría de los cuales ya fueron mencionados. Mientras Marbles y Persépolis son efectivamente narrativas de coming-of-age*3 en paralelo con un arco temático global: lidiar con el trastorno bipolar y las luchas políticas en Irán, respectivamente. Building Stories no tiene un mensaje de fondo tan evidente. Esta posición, sin embargo, es fácil de discutir: es una falacia asumir que Marbles y Persépolis pueden ser reducidas a un solo tópico que las une, y a pesar de los muchos argumentos de Building Stories (la arquitectura, la vida de la protagonista, la superpoblación, para nombrar algunos) se puede definir a Building Stories por su nombre: es la historia de dos edificios y de la gente que vive en ellos. Así, lo más apto para describir la mayor diferencia entre el trabajo de Ware y estos tres trabajos -incluyendo a Bechdel- sería reconocer que estos cómics tienen una narrativa global, con inicios y finales. Las cuatro obras conciernen predominantemente a una sola mujer, a su mundo, al mundo en acuerdo con ella y su travesía, pero de algunas maneras Building Stories es diferente. Esta diferencia se expresa mejor en el nivel de aproximación: mientras que Ware entra en el plano de lo posmoderno y lo meta, Bechdel, Satrapi y Forney permanecen firmemente asentadas en estrategias narrativas tradicionales.” Pp. 32-33-34
*1: “Whitewashing” es una práctica en la que una persona de color es reemplazada (en cualquier ámbito) por una persona blanca; o directamente eliminada para borrar sus rastros y darle primacía a las personas blancas. Esto es un problema ya que las personas de color tienen muy poca o casi nula representación, mucho menos una adecuada. El concepto surge de los estudios que utilizan la interseccionalidad para analizar un ámbito concreto: “whitewashing” es mayormente utilizado en referencia a la industria del entretenimiento, aunque su uso se ha expandido a todas las áreas. Para más información dirigirse a: http://stopwhitewashing.tumblr.com/ *2: World’s Finest Comics, No. 233 *3: Es un género de historias en el que se cuenta el transcurso de la vida de una persona. Wikipedia da como ejemplos en el cine a “Boyhood” y en historietas a la mismísima Persépolis. También lo relacionan con el Bildungsroman, pero este género tiene temáticas propias del siglo XIX.

martes, 20 de diciembre de 2016

“Queer Theory” de Annamarie Jagose, Editorial: New York University Press, NY, 1996. Capítulo 6.

Cap. 6 de “Queer Theory” de Annamarie Jagose, Editorial: New York University Press, NY, 1996.
Traducción libre por María de la Paz Díaz- UNLP Los límites de la identidad


El movimiento homófilo comenzó por trazar principios más radicales que aquellos a los que eventualmente llegó a representar. Similarmente, tanto los movimientos lesbianos y gays de liberación evolucionaron hacia movimientos sociales tan concretos y elaborados que los principios y valores que representaban llegaron a ser vistos como hegemónicos, y fueron resistidos a su turno por grupos más marginalizados. Como nota Altman (1982:211):
Una de las maneras en que el movimiento de liberación gay de hace una década difería de la mayoría de sus predecesores era en su insistencia en que sólo un cambio radical para la sociedad podría traer la genuina aceptación de la homosexualidad. El empuje del movimiento gay en la década pasada se ha alejado de esta percepción hacia la idea de que lo único que está involucrado es la concesión de derechos civiles a una nueva minoría.


Donde una vez tanto lesbianas como activistas gays se habían enfocado en la reformulación radical del sistema sexo/género,  cada vez más ellos se concentraron en asegurar la igualdad para una población homosexual definida en términos de elección de objeto del mismo sexo. “Para mitad de los 70”, escribe D’Emilio (1992a:xxvi), “frases como ‘orientación sexual’ y ‘minoría gay’ habían entrado al léxico del movimiento”. En una cuenta retrospectiva de estos movimientos, es común leer que la liberación gay y el feminismo lesbiano perdieron su arista radical en un deslizamiento conservador desde la política oposicional hacia la asimilacionista. Es ciertamente útil pensar en porqué las estrategias de estos dos movimientos cambiaron y cómo sus posiciones variaron respecto a las instituciones culturalmente dominantes. Sin embargo tales cosas no pueden ser explicadas en términos de una narrativa del deterioro. En vez de asumir que la liberación gay y el feminismo lesbiano finalmente cedieron a las presiones y recompensas del conformismo social, es posible pensar en estos movimientos como operando dentro de las cambiantes concepciones de la transformación social.
Steven Seidman argumenta sobre estas líneas cuando mapea el cambio histórico de estos nuevos movimientos sociales desde el modelo liberacionista hacia el modelo étnico de la identidad gay. Seidman (1993:110) argumenta que inicialmente los movimientos gays y el feminismo lesbiano se representaron a sí mismos en términos de liberación: “La teoría de la liberación presuponía una noción de una naturaleza humana innata polimorfa, andrógina. Las políticas de liberación apuntaban a liberar a los individuos de las restricciones de un sistema sexo/género que los encerraba en roles de homo/hetero y femenino/ masculino mutuamente exclusivos.” Sin embargo, hacia la mitad de los años 70 este encuadre liberacionista se volvió menos importante para ambos movimientos, gay y lesbiano, que cada vez más favorecían un modelo étnico que ponía el énfasis en la identidad comunal y la diferencia cultural:
Desde un ampliamente concebido movimiento de liberación de género y sexual, la agenda dominante de la cultura gay dominada por hombres se convirtió en construcción comunitaria y obtención de derechos civiles. El ascenso de un modelo étnico de identidad y política en la comunidad gay masculina encontró un paralelo en la cultura feminista lesbiana, con su énfasis en los valores únicos femeninos y la construcción de una cultura de mujeres (ibid.:117).


La liberación gay abogaba por una transformación radical de los valores sociales, argumentando que ella sólo estaría asegurada después de que las categorías de sexo y género hubiesen sido erradicadas. Aunque suscribiendo a un sistema de valores diferente y una agenda diferente para la transformación social, la clásica articulación del feminismo lesbiano es igualmente liberacionista al argumentar a favor de los sujetos específicamente femeninos:
Cualquier mujer podría ser una lesbiana. Fue una elección política revolucionaria que, si fuera adoptada por millones de mujeres, llevaría a una desestabilización de la supremacía masculina al perder los hombres los cimientos de su poder en el servicio desinteresado y no pago, doméstico, sexual, reproductivo, económico y emocional… Iba a ser un universo alternativo en el que construiríamos una nueva sexualidad, una nueva ética, una nueva cultura en oposición a la cultura masculina mainstream. (Jeffreys, 1993:ix)


A pesar de sus diferencias, tanto el modelo gay como el feminista lesbiano tienen la intención de transformar las estructuras sociales opresoras presentando las prácticas sexuales entre el mismo sexo como legítimas. Al enfatizar la maleabilidad del género y la sexualidad, cada uno tiene un entendimiento declaradamente construccionista de la sexualidad. Es válido hacer esta aclaración porque muy a menudo las posiciones tomadas por la liberación gay y el feminismo lesbiano son rechazadas como crudamente esencialistas. Douglas Crimp (1993:314) discute ese punto de vista: “Nosotros éramos gays, y sobre nuestra gayness, construimos un movimiento político. ¿Pero es esto lo que realmente sucedió? ¿No era un movimiento político emergente que permitió la enunciación de una identidad gay -en vez de una homosexual u homófila?-.”
El cambio en el énfasis desde un modelo identitario liberacionista hacia uno étnico es explicable parcialmente en términos de una desilusión general con la gran escala del proyecto liberacionista, sostenido por “una noción milenaria de una liberada humanidad, libre de las estructuras normativas restrictivas”, y parcialmente como resultado de una reevaluación gradual de las formas en que las estrategias de poder y por lo tanto de resistencia son desplegadas (Seidman, 1993:116). Las lesbianas y los hombres gays volvieron su atención cada vez más hacia los sitios locales de lucha y se concentraron en asegurar transformaciones -específicas en vez de universales- en las estructuras sociales. Este cambio en las estrategias o prioridades ha sido  a menudo criticado como una reducción de la escala de la intensidad política, como una capitulación en vez de una resistencia a los sistemas hegemónicos del orden social dominante. En consecuencia, Urvashi Vaid (1995) identifica los impulsos contradictorios de liberación y legitimación como bloqueando al movimiento lesbiano y gay contemporáneo.  “¿Dónde está la revolución?”, pregunta Barbara Smith al recordar la lógica liberacionista de mitad de los años 70 para argumentar que versiones subsecuentes de políticas lesbianas y gays no son sólo menos ambiciosas sino incluso son versiones desatinadas de una crítica social que alguna vez fue radical:
Simplemente no era posible para cualquier persona oprimida, incluyendo a las lesbianas y a los hombres gays, alcanzar la libertad bajo este sistema… Nadie cuerdo querría ninguna parte del orden establecido. Era el sistema -supremacista blanco, misógino, capitalista y homofóbico- que hacía nuestras vidas tan difíciles en primer lugar. Queríamos algo completamente nuevo. Nuestro movimiento era llamado liberacionista gay y lesbiano, y más que unos pocos de nosotros, especialmente las mujeres y la gente de color, estábamos trabajando para una revolución. (Smith, 1993:13)


De acuerdo al modelo liberacionista, el orden social establecido es fundamentalmente corrupto, y por lo tanto el éxito de cualquier acción política debe ser medido por la extensión en que destruye ese sistema. El modelo étnico, en contraste, estaba comprometido a establecer la identidad gay como un grupo minoritario legítimo, cuyo reconocimiento oficial aseguraría derechos ciudadanos para sujetos lesbianos y gays.
Construidos como análogos a una minoría étnica -eso es, como una población distinta e identificable, en vez de una potencialidad radical para todos- lesbianas y gays pueden demandar reconocimiento y derechos iguales dentro del sistema social existente. Usando la lógica del “igual pero diferente” del movimiento de derechos civiles, el modelo étnico fue concebido como una manera estratégica de asegurar protección legal igual o mayor para sujetos gays y lesbianos, estableciendo comunidades urbanas gays y lesbianas visibles y mercantiles, y legitimando “gay” y “lesbiana” como categorías de identificación.  “Para finales de los 70,” escribe Seidman (1994:172), “el movimiento gay y lesbiano había alcanzado tal nivel de elaboración subcultural y tolerancia social general que una política de integración cultural y social eclipsó largamente tanto las estrategias defensivas... como las políticas revolucionarias de las décadas previas”. En sus propios términos, el modelo étnico fue exitoso,  como es evidente por la extensión en que las identidades gay y lesbiana están aún organizadas significativamente bajo su rúbrica. Pero las mismas características que hicieron posibles sus logros también generaron una insatisfacción sustancial e irrecuperable con las suposiciones que sustentaron su construcción de una identidad gay y lesbiana unificada.
El proceso de estabilización -incluso solidificación- permitió que las lesbianas y los gays fueran representados como una comunidad coherente, unida por una identidad lesbiana y gay colectiva. Ese mismo proceso, sin embargo, privó de sus derechos a sujetos que podrían haber esperado razonablemente ocupar una posición dentro de cualquier electorado lesbiano y o gay, o que se sentían mejor representados por el anterior modelo liberacionista. “Si el feminismo lesbiano inicial enfatizaba la fluidez de las categorías identitarias y la importancia de la auto-descripción”, escribe Arlene Stein (1991:44), “con el tiempo la definición se redujo: las lesbianas eran mujeres biológicas que no duermen con hombres y que aceptan la etiqueta lesbiana”.
En ese momento histórico en que el modelo étnico dominante constituyó a los sujetos lesbianos y gays como un grupo establecido -aunque minoritario-, procesos de centralización y marginalización fueron repetidos, y grupos recientemente desafectados se opusieron o criticaron la noción de una identidad gay singular o unificada. Aquellos alienados por el modelo étnico consolidado por la identidad lesbiana o gay no demandaron simplemente ser incluidos sino que también criticaron los principios fundamentales que habían centralizado esa específica (aunque supuestamente universal) identidad en primer lugar. Recordando la controversia de la “amenaza lavanda”, Gayle Rubin (1981) tituló a su ensayo pro-sadomasoquismo “La amenaza leather”, implicando que las feministas lesbianas son tan culpables como las feministas de la segunda ola por mantener categorías de identidad normativas. Ya que el éxito del modelo étnico de identidad gay debe ser medido largamente por la extensión en que ha legitimado la identidad gay y lesbiana en la cultura dominante, tiene dificultad para absorber o controlar desafíos a su autoridad provenientes de grupos que son aún más marginalizados. En un contexto específicamente lesbiano, Stein (1991:45) argumenta que el problema “no era tanto que la demarcación de límites se hiciera -porque lo hace en todos los movimientos basados en identidades- sino que el discurso del movimiento, basado en nociones de autenticidad e inclusión, corría tan completamente en contra de ello”.
Irónicamente, dados sus orígenes en políticas basadas en la raza, el sujeto gay y lesbiano del modelo étnico era blanco. No era simplemente que la comunidad lesbiana y gay descrita por el modelo étnico resultó ser predominantemente blanca. Más bien, al describir esa comunidad como organizada por una única característica definitoria -la orientación sexual- el modelo étnico podía teorizar la raza sólo como una categoría insustancial, o en el mejor de los casos, adicional de identificación. Las lesbianas y gays de color, frustrados por la suposición de que tendrían más en común con las lesbianas y gays blancos que con sus propias comunidades étnicas o raciales, comenzaron a criticar el racismo tanto abierto como encubierto en la comunidad gay establecida (cf. Jagose, 1994:14-16). Antologías publicadas en los años 80 -tales como Esta puente, mi espalda: escritos sobre mujeres de color radicales (Moraga y Anzaldúa, 1983), Dos veces bendita: sobre ser lesbiana, gay y judía (Balka y Rose, 1989) y En la vida (Beam, 1986)- se enfocaban significativamente en los engranajes de las identidades raciales y sexuales. En diferentes maneras, estos y ensayos similares criticaban la noción de un sujeto lesbiano y gay unitario. Ellos resisten la indiferencia lesbiana y gay a la raza que no tiene nada que decir sobre el asunto o lo instala como una posible variación en una sexualidad de otro modo idéntica a sí misma. Las nociones de comunidad y solidaridad inherentes en consolidaciones recientes de la comunidad gay y lesbiana fueron severamente desafiadas por el argumento de que la raza es al menos tan importante como como la sexualidad al definir afiliaciones grupales, identificaciones personales, y estrategias políticas.
La articulación cada vez más organizada de las identidades de lesbianas y gays de color desestabilizó la noción de una identidad gay unitaria. Las suposiciones que estructuraban el centro del modelo étnico de identidad gay fueron similarmente desafiadas y criticadas por las sexualidades no-normativas. Eso es, que asumió ser tanto obvio como lógico que la orientación sexual es determinada principalmente o incluso únicamente por el género del objeto de la elección sexual de uno. Sedgwick (1990:8) argumenta contra la naturalización de este sistema de clasificación:
Es un hecho bastante increíble que, de las muchas y variadas dimensiones a lo largo de las cuales la actividad genital de una persona puede ser diferenciada de la de otra (dimensiones que incluyen la preferencia por ciertos actos, ciertas zonas o sensaciones, ciertos tipos físicos, una cierta frecuencia, ciertas inversiones simbólicas, ciertas relaciones de edad o poder, una cierta especie, un cierto número de participantes, etc. etc. etc.), precisamente una, el género del objeto elegido, emergió desde el cambio de siglo, y ha permanecido, como la dimensión denotada por la ahora ubicua categoría de “orientación sexual”.(1990:8)


Aunque pocos defensores de estas sexualidades no-normativas que se encontraron a sí mismos más patologizados por el modelo étnico de identidad gay argumentaron ese punto explícitamente, los debates en los círculos lesbianos y gays a finales de los 70 y principios de los 80 sobre bisexualidad, sadomasoquismo, pornografía, identidades butch/fem, travestismo, prostitución y sexo intergeneracional implícitamente cuestionaron el binarismo hegemónico de “heterosexualidad” y “homosexualidad”.
Estos debates sobre la validez de las variaciones sexuales tomaron formas diferentes en los círculos gays y feministas lesbianos, cada uno de los cuales ya componía la sexualidad de una forma fundamentalmente diferente. Los debates gays y feministas lesbianos eran mutuamente informativos. Pero entendimientos relativamente distintos de la sexualidad eran generados por los diferentes principios y valores de la liberación gay y el feminismo lesbiano. Estas discusiones - tan vehementes a veces que han llegado a ser conocidas como “las guerras del sexo”- impactaron más significativamente en los círculos feministas lesbianos, donde la sexualidad lesbiana había sido teorizada predominantemente como contraria a la sexualidad masculina, que el análisis feminista representaba como sobrecogedoramente opresiva y objetivadora. En algunos círculos, donde había sido reconocido sólo recientemente como feminista, el lesbianismo se convirtió en la manifestación esencial de la sexualidad feminista. Teorizada como una sexualidad de igualdad no molestada por la diferencia de poder - y asumida como una elección política y preferencia afectiva tanto como por el sexo físico- el lesbianismo emergió casi por definición como la inversa de la sexualidad masculina. Lilian Faderman (1985:17-18) indica la extensión en que algunas feministas lesbianas teorizaron el lesbianismo independientemente de la sexualidad:
El amor entre mujeres ha sido primariamente un fenómeno sexual sólo en la literatura de fantasía masculina. “Lesbiana” describe una relación en la que las emociones y afectos más fuertes de dos mujeres son dirigidas hacia la otra. El contacto sexual puede ser parte de la relación en mayor o menor grado, o puede estar enteramente ausente. Por preferencia las dos mujeres pasan la mayoría de su tiempo juntas y comparten la mayoría de los aspectos de sus vidas con la otra.


Cada vez más, hubo desafíos a la suposición feminista lesbiana dominante de que el sexo lesbiano era monógamo, en parejas, identificado con la mujer y político. Viendo que la liberación gay había ya largamente reconocido y valorado un relativamente amplio rango de variación sexual, los debates similares sobre el tema fueron menos enérgicos aunque no se quedaron sin consecuencias.
El feminismo lesbiano ha generalmente argumentado que las excepciones a las formas “promedio” de sexualidad lesbiana -tales como la bisexualidad, el sadomasoquismo o la identidad butch/fem- son asimilaciones ideológicamente sospechosas de los valores patriarcales. Las mujeres bisexuales son por lo tanto lesbianas que mantienen su privilegio heterosexual en vez de identificarse plenamente con una identidad social devaluada: “[ellas son] pre-genderizadas, perversas polimorfas, o simplemente indecisas sexualmente, no comprometidas, y por lo tanto no dignas de confianza” (Daumer, 1992:92). Las lesbianas que se identifican como butch o fem pertenecen a una era pre-feminista del lesbianismo y consecuentemente son pensadas como heroicas o trágicas, habiendo internalizado la necesidad heterosexual de identificación de género dentro de una relación sexual (Nestle, 1988) Las sadomasoquistas son similarmente entendidas como habiendo internalizado la erotización de la crueldad y el desbalance de poder que presuntamente estructura las relaciones heterosexuales. De acuerdo con Sheila Jeffreys (1993:179), el sadomasoquismo es tanto una forma inmadura de sexualidad como una consecuencia de “la manera en que la sexualidad bajo la supremacía masculina es estructurada en los individuos”:
Muchas lesbianas tienen dificultad aprendiendo la respuesta femenina correcta de docilidad sexual sumisa a los hombres, pero sin embargo nosotras no emergemos fácilmente ilesas de la construcción de la sexualidad femenina alrededor del sadomasoquismo. Donde nosotras vivimos bajo la opresión y donde virtualmente no hay escape para nosotras, al menos hasta que alcanzamos una edad avanzada, hacia las relaciones igualitarias en las que tomamos iniciativas sexuales, tenemos poca alternativa más que complacernos en nuestra opresión. La respuesta más común es erotizar nuestra falta de poder en el masoquismo. Para algunas mujeres que consideran esto como demasiado “afeminado”, el rol de humillar a las mujeres puede ser erotizado en el sadismo- los modelos para esto en una cultura de odio a las mujeres están en todos lados.


 Cuando las mujeres que se identificaban con estas categorías sexuales marginalizadas comenzaron a reclamar sus propias demandas basadas en la identidad, ellas socavaron la hegemonía de esa sexualidad feminista lesbiana “promedio” que los grupos disidentes caracterizaron como cada vez más asexual, deshonesta y regulatoria.
Escaramuzas similares sobre las delimitaciones “apropiadas” de la sexualidad lesbiana sucedieron a principio de los 80 en los Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido, Nueva Zelanda y Australia. Los esquemas generales del debate son representados convenientemente en una conferencia controvertida llevada a cabo en el Barnard College en 1982, y titulada “Hacia una política de la sexualidad”. Dos años más tarde sus procedimientos fueron publicados como Placer y peligro: Explorando la sexualidad femenina. Este libro se ha convertido rápidamente en un texto feminista clásico cuya influencia continúa sintiéndose fuera del contexto norteamericano (Vance, 1984). Su título caracteriza la ambivalencia feminista sobre cómo representar la sexualidad. Placer y peligro articula muchas de las inquietudes o insatisfacciones generadas por el modelo normativo de la sexualidad lesbiana, y demuestra la afirmación de de Jeffrey Week de que “la diferencia sexual es un vínculo frágil para la identificación política” (1985:193).
Dorothy Allison (1984:111, 112) escribe sobre su frustración porque incluso dentro del feminismo, un movimiento que “desarrolló un análisis importante sobre el tema del silencio”, ciertos deseos sexuales- nombrados “s/m, butch/femme, fetiches”- permanecían innombrables. Joan Nestle (1984:234) desafía la autoridad feminista lesbiana al apuntar hacia una diferente pero negada genealogía, que incluye el juego de roles butch/fem:
Preguntas y respuestas sobre las vidas lesbianas que se desvían del modelo feminista de los 70 golpearon como una onda expansiva contra las bases del movimiento, aunque esta nueva ola de cuestionamientos es auténtica, viniendo de mujeres que han ayudado a crear el movimiento feminista y lesbiano al que ahora están desafiando a un nuevo crecimiento.
En un ensayo co-escrito, Esther Newton y Shirley Walton - que se identifican a sí mismas respectivamente como lesbiana y heterosexual- argumentan que aunque las categorías binarias de preferencia sexual parecen ser exhaustivas, necesitan ser complicadas y proliferadas a través de una atención cuidadosa a otros ejes de diferenciación sexual, que podrían incluir identidades eróticas, roles eróticos y actos eróticos (Newton y Walton, 1984). El tono tentativo de esta colección temprana indica que lo que tales especulaciones sobre la naturaleza de la sexualidad lesbiana implican está aún siendo considerado. No obstante, cuando Vance (1984:19) sugiere en su introducción que “la orientación sexual no es la única, y podría no ser la más significativa, diferencia sexual entre las mujeres”, ella articula una posición que desafía la autoridad del modelo de sexualidad feminista lesbiano convencional. Porque se desprende del argumento de Vance que la orientación sexual quizás no constituye base suficiente para la coincidencia entre lesbianas.
En un ensayo publicado un año después de la conferencia “Hacia una política de la sexualidad”, Pat Califia anticipa el extremo lógico del argumento de Vance cuando ella observa que una identificación primaria como sadomasoquista puede cortar a través e invalidar las descripciones tradicionales de la orientación sexual que consideran el sexo del objeto de elección de uno como definitivo. Consecuentemente, ella argumenta que “lesbiana” -como “hombre gay” o “heterosexual”- está limitado como una categoría de identificación sexual. Califia (1983:26) encuentra “muy extraño que la orientación sexual sea definida solamente en términos del sexo de la pareja de uno”, dado que algunas prácticas sadomasoquistas transgreden la presuntamente inviolable línea entre hombres gays y lesbianas. “Yo tengo sexo con maricas”, escribe ella. “Y yo soy una lesbiana” (ibid.:24). Describiendo su iniciación en la escena sadomasoquista mixta, Califia                            describe una variedad de prácticas sexuales que no pueden ser incluidas en las categorías tradicionales de preferencia sexual porque “permiten a la gente salirse de las usualmente rígidas fronteras de la orientación sexual” (ibid.:25). En vez de abandonar las categorías tradicionales, sin embargo, Califia continúa para rearticularlas en contextos escandalosamente diferentes:
Estas experiencias combinadas han resultado en un estilo de vida que no entra en el estereotipo homosexual. Yo vivo con mi amante mujer desde hace cinco años. Tengo mucho sexo casual con mujeres. De vez en cuando, tengo sexo casual con hombres gays. Tengo una relación de tres años con un hombre homosexual que no usa el término gay. Y me llamo a mí misma lesbiana. (ibid.)


Aún más, indiferente a los entendimientos del sentido común, Califia mantiene “lesbiana” como una categoría de identificación personal. Ella lo hace no porque (como podría esperarse) es sexualmente atraída hacia las mujeres, sino porque su lesbianismo provee el contexto en el que sus actos sexuales con hombres gays son significativos. “He erotizado la queerness, la gayness, la homosexualidad -en hombres y mujeres”, escribe ella. “El sexo con hombres fuera del contexto de la comunidad gay no me interesa para nada. De una manera graciosa, cuando dos personas gays de sexos opuestos lo hacen, aún es sexo gay” (ibid.).
Tales argumentos fueron hechos vigorosa y explícitamente a principios de los 90 por lesbianas que estaban más interesadas en demostrar las limitaciones necesarias de las categorías identificatorias que en ampliar la definición de “lesbiana” para acomodar sus propias preferencias sexuales. En un ensayo sarcásticamente titulado “Mi interesante condición”, Jan Clausen (1990:12) -alguna vez una prominente activista lesbiana y autora con una reputación literaria internacional- da cuenta de su decisión de “involucrarse apasionadamente con un hombre” después de estar en una relación lesbiana monógama que duró doce años. Discutiendo la confusión -tanto personal como colectiva- que esto generó para un estilo de vida y una comunidad sostenida por políticas de identidad, Clausen piensa que “esta experiencia… proyecta una novedosa y potencialmente valuable luz sobre la identidad lesbiana como ha sido construida por lesbianas-feministas en las dos décadas pasadas” (ibid.:13). A pesar de dar cuenta de su comportamiento largamente en términos individualistas -tales como necesidades y voluntades personales, y circunstancias específicas- ella aún encuentra problemáticas las categorías convencionales de identidad. No obstante, admitiendo que una política identitaria hace posibles ciertas estructuras y conocimientos que en alguna medida son sostenibles y productivas, Clausen cuestiona el nivel de inversión que el feminismo lesbiano tiene en la identidad:
No quiero volverme una adicta a la identidad, enganchada en la premura que llega al precisar la característica esencial que, por el momento, parece ofrecer la definición final del yo, lo esencial de la opresión, el emplazamiento del valor personal- sólo para ser reemplazada por la próxima revelación (ibid.:17).


En vez de demandar que la categoría “lesbiana” debería ser ampliada tanto como para representar su sexualidad, Clausen sugiere que su inhabilidad para hacerlo -su representación de su trayectoria sexual como traicionera o desencaminada- demuestra sus limitaciones; eso es, las limitaciones necesarias de las políticas identitarias.
Como Vance y Califia, Clausen implícitamente cuestiona el imperativo culturalmente dominante de entender la sexualidad categóricamente en términos de la elección del objeto sexual. Ella critica al feminismo lesbiano por replicar ese imperativo como si fuese de alguna forma auténtico en sí mismo. “Cuando asumimos la identidad lesbiana como sin ambigüedades”, escribe Clausen (ibid.:19), “cuando estamos consternados al descubrir atracciones hacia los hombres coexistiendo con el amor a las mujeres, reinscribimos una forma diferente de un mito imperante, cultural sobre la sexualidad”. Aún más, ella cuestiona la presupuesta exclusividad mutua de la heterosexualidad y la homosexualidad y entiende la bisexualidad no como una solución taxonómica a su encrucijada sino como una identidad que no es tal, una identidad que socava las bases de las políticas identitarias: “la bisexualidad no es para nada una identidad sexual, sino un tipo de anti-identidad, un rechazo (no consciente, por supuesto) a ser limitado a un sólo objeto de deseo, una manera de amar” (ibid.:19).
Hay abundante evidencia en una antología reciente, Bi Any other name (Hutchins y Kaahumanu, 1991), de que para algunas personas, la bisexualidad complica la heterosexualidad y la homosexualidad sólo cuando demanda reconocimiento como una tercera categoría estable. Para otros, como Clausen, sin embargo, la bisexualidad cuestiona el rol jugado por el género al definir la preferencia sexual. Elizabeth Däumer (1992:95-6) desarrolla tal argumento cuando sugiere que no es suficiente instalar la bisexualidd como “un signo de integración” entre “dos culturas sexuales mutuamente exclusivas” y propone en su lugar que:
Asumimos la bisexualidad, no como una identidad que integra las orientaciones homosexual y heterosexual, sino como un punto de ventaja tanto epistemológico como ético desde el cual podemos examinar y deconstruir el marco bipolar del género y la sexualidad en el que, como lesbianas y lesbianas feministas, estamos aún muy profundamente arraigadas, tanto a causa de como a pesar de nuestra lucha contra la homofobia y el sexismo.


Ya que “el marco bipolar del género y la sexualidad” es políticamente improductivo, la bisexualidad provee en la teoría de Däumer un punto de palanca crítico, un medio de desnaturalizar ese sistema sexo/género completo que estabiliza no sólo la heterosexualidad sino los entendimientos actuales del feminismo lesbiano.
La intensidad de estos debates dentro del feminismo lesbiano no es replicado en los debates relacionados dentro de la liberación gay o incluso de los modelos étnicos de identidad gay. Una razón para esto es que una aceptación de la variación sexual ya era un aspecto constituyente de la identidad gay masculina. Aunque valuada diferentemente en términos de legitimación comunitaria, las prácticas sexuales gays ya reconocían esos rituales, estilos e identificaciones que abarcaban el sexo monógamo, no monógamo, privado y público, en parejas y en grupos, recreacional y comercial. No obstante, emergió de hecho una “norma dominante, íntima” que, siendo tolerante con la diversidad sexual, era el foco de un acalorado debate sobre el sadomasoquismo y el sexo intergeneracional (Seidman 1993a:124). Los debates sobre el sadomasoquismo eran similares tanto en comunidades gays y lesbianas pero los debates sobre sexo intergeneracional no tenían una contraparte articulada sustancialmente en los círculos feministas lesbianos, y en consecuencia son frecuentemente entendidos por definición como no propios del feminismo.
Variadamente referido como sexo intergeneracional, abuso infantil, amor hombre-muchacho y pedofilia, incluso el continuum semántico de términos usados para describir el concepto evoca una variedad de posiciones en un debate estructurado sobrecogedoramente por tales temas como el consentimiento, el poder y la definición legal de la infancia. La asociación entre pedófilos y hombres gays persiste (a pesar de la evidencia de lo contrario) en la cultura homofóbica, razón por la que es indudable que el movimiento gay principal sea reacio a aprobar cualquier discusión oficial sobre este tema. Pero el asunto del sexo intergeneracional continúa siendo debatido vigorosamente en muchas comunidades gays y lesbianas. La protección de los niños es considerada por algunos como éticamente crucial para el desarrollo de la identidad gay, pero es rechazada por otros como “histeria erótica” (Rubin, 1993:6) ¿Cuál es el estado de las diferentes, y arbitrarias leyes sobre la edad del consentimiento? ¿Los niños tienen una sexualidad y un derecho a una agencia sexual? ¿Por qué es la edad -no como, digamos, la raza o la clase- entendida como un diferencial de poder sexualizado protegido por la ley? ¿Es posible erotizar a los niños de una manera ética? Estas son preguntas comúnmente hechas - y de ninguna manera resueltas- en la controversia sobre el sexo intergeneracional (cf. Altman, 1982:198-202; Weeks, 1985:223-31).
Una respuesta inicial a la consolidación exitosa de las identidades gay y lesbiana en el modelo étnico fue una demanda de reconocimiento igualitario de categorías no normativas de identidad. En algunos casos, eso se desarrolló en una insatisfacción con las categorías de identificación en sí mismas y un cuestionamiento de su eficacia como intervención política. “En vez de asumir que las identidades colectivas simplemente reflejan las diferencias entre personas que existen previamente a la movilización”, escribe Stein (1991:36), “necesitamos…. mirar de cerca al proceso por el cual los movimientos rehacen las identidades”. No es simplemente que “la movilización de homosexuales ha proveído un repertorio de ideología y tecnología organizacional a otras poblaciones eróticas”, sino que la creciente materialización de esas otras poblaciones eróticas problematiza el estado presumiblemente evidente de la homosexualidad como categoría (Rubin, 1981:195). La sospecha de que los modelos normativos de identidad nunca serán suficientes para el trabajo representacional demandado a ellos es reforzada por entendimientos posmodernos influyentes de la identidad, el género, la sexualidad, el poder y la resistencia. Estos proveen el contexto en que lo queer se vuelve un fenómeno inteligible - casi, uno podría decir, inevitable.




Vocabulario:
Mainstream: (anglicismo que literalmente significa corriente principal) designa los pensamientos, gustos o preferencias dominantes culturalmente en un momento determinado en una sociedad.
Gayness: 1. Un término difuso, mal definido que se refiere a la medida de la homosexualidad de uno (masculino); compuesto de varios indicadores que incluyen la forma corporal, inflexiones vocales, movimientos de manos, la vestidura, etc. 2.El aura imaginaria que rodea a una persona, debido a sus acciones/movimientos/palabras, que lo hace sonar/verse gay. No es sinónimo de homosexual; en Argentina podría traducirse como “mariconería” o “pluma”.
S/M: abreviatura de sadomasoquista.
Butch/femme: Identidades lesbianas previas al feminismo entendido como movimiento contemporáneo; la “butch” cumpliría el rol de la “lesbiana masculina” y la “femme” el de la “lesbiana femenina”, aunque los límites no son claros, ya los estereotipos varían entre diferentes subculturas LGBT.
Queerness:  (anglicismo que proviene de queer :«extraño» o «poco usual») Sustantivo que viene del adjetivo queer: no es sinónimo de homosexualidad. Término paraguas que designa a todas aquellas identidades no normativas/ binarias.


“Queer Theory” de Annamarie Jagose, Editorial: New York University Press, NY, 1996. Capítulo 5.

Cap. 5 de “Queer Theory” de Annamarie Jagose, Editorial: New York University Press, NY, 1996.
Traducción libre por María de la Paz Díaz- UNLP Feminismo lesbiano


Aunque pequeños números de mujeres siempre habían estado involucrados en la liberación gay, e igualmente pequeños números de lesbianas en el movimiento de mujeres, las lesbianas crecientemente sentían que estaban marginalizadas en ambos. Hay precedentes para tal insatisfacción. Tan temprano como en 1904 Anna Ruhling se dirigió a los miembros del Comité Científico Humanitario de Hirschfeld sobre las relaciones entre las mujeres y los movimientos homosexuales. Ella llamó la atención sobre el hecho de que el movimiento de las mujeres se negó a lidiar con el tema de la homosexualidad:
Cuando consideramos todos los beneficios que las mujeres homosexuales han alcanzado por décadas para el movimiento de las mujeres sólo puede ser considerado como sorprendente que las grandes e influyentes organizaciones de este movimiento no han hasta ahora levantado un dedo para asegurar a su no insignificante número de miembros uranistas sus justos derechos en lo que al estado y la sociedad concierne. (citado en Lauritsen y Thorstad, 1974:18-19)


La indiferencia de los principales movimientos homófilos a los temas de género similarmente estimuló a las Hijas de Bilitis a reconocer la necesidad de dirigirse a las lesbianas específicamente en vez de subsumirlas en la categoría pretendidamente genérica de homosexualidad. Los hombres gays y las lesbianas tienen su homosexualidad -eso es, su elección de objeto del mismo sexo- en común. Pero la genderización de esa sexualidad ha producido diferencias culturales sustanciales entre ellos. “Lesbianas y gays no son dos géneros dentro de una categoría sexual”, escribe Jeffrey Weeks (1985: 203). “Ellos tienen diferentes historias, que son diferenciadas a causa de la compleja organización de las identidades masculinas y femeninas, precisamente a lo largo de las líneas de género”. Hablando históricamente, por ejemplo, la relación masculina con la sexualidad ha sido figurada de manera diferente a la femenina. El acceso al empleo y un ingreso independiente ha sido tanto más fácil como más rentable para los hombres que para las mujeres y, en la ley criminal, la homosexualidad ha sido constituida casi exclusivamente como una propensión masculina.
Mientras los movimientos gays y de mujeres se desarrollaron a fines de los 60 y principio de los 70, algunas lesbianas que nunca se habían identificado como feministas continuaron trabajando con hombres gays, y otras se alinearon con ambos movimientos. Pero un número significativo comenzó a analizar específicamente la posición política de las lesbianas. A menudo un proyecto dificultoso, se encontró con algunas indiferencias e incluso resistencias de organizaciones oficiales liberacionistas gays o feministas. A pesar de repetidas intervenciones de lesbianas, la liberación gay tendió a ignorarlas como modelos marginales que se acomodarían a las demandas feministas. Como Laurie Bebbington y Margaret Lyons (1975:27) señalaron a los hombres gays liberacionistas: “la discusión de la homosexualidad y el feminismo es la oportunidad… de confrontar sus roles como hombres en una sociedad patriarcal y de reconocer las maneras en que su sexismo nos oprime, como lesbianas”. Inicialmente el movimiento feminista fue cuidadoso de distanciarse a sí mismo oficialmente del lesbianismo, sintiendo que tal asociación dañaría lo que era visto como el proyecto más fundamental de asegurar derechos igualitarios para las mujeres. Betty Friedan, una feminista pionera de la segunda ola y autora del influyente libro La mística femenina (1965), vio que el lesbianismo militante tenía potencia para socavar las victorias feministas y ha sido acreditada por nombrar al naciente movimiento lesbiano 'una amenaza lavanda'. Declarando su opinión sobre este asunto, Susan Brownmiller sin embargo describe a las militantes esbianas como un “cardumen de arenques lavanda quizás, pero con seguridad no un peligro presente y claro” (citado en Echols, 1989:345). La negación feminista a abogar por los derechos lesbianos no fue siempre, sin embargo, un mero gesto estratégico. Ti-Grace Atkinson, una reconocida feminista americana, descartó el lesbianismo como fundacionalmente anti-ético para la agenda feminista, porque “involucra un juego de roles y, más importante, porque está basado en la suposición primaria de la opresión masculina” y por lo tanto “refuerza el sistema de clases sexuales” (citado en ibid.: 211).
A pesar de este comienzo poco auspicioso, las lesbianas continuaron organizando - al principio encubiertamente, y luego directamente- su desafío a la homofobia y el sexismo institucionalizado de los movimientos de mujeres y de la liberación gay. En los 90, cuando el feminismo es rutinariamente entendido como incluído en el compromiso de oponerse a la homofobia, parecería lógico que el movimiento de mujeres consideraría las demandas lesbianas de reconocimiento e igualdad como feministas por excelencia. Sin embargo, en su a veces autobiográfico reporte de la historia de los movimientos lesbianos y de mujeres, Sidney Abbott y Barbara Lover (1973:108) notan que “cuando la Liberación de las Mujeres comenzó a suceder a mitad de los 60, las actitudes sobre las lesbianas eran virtualmente las mismas dentro y fuera del movimiento”. La lucha institucional por el reconocimiento de las lesbianas en el movimiento de mujeres en los Estados Unidos estuvo primero enfocada en las estructuras organizativas del más grande y más influyente grupo de liberación de mujeres, la Organización Nacional de Mujeres (NOW). Como en el caso de otros grupos de liberación de mujeres, las lesbianas estaban involucradas en cada nivel en la jerarquía de NOW pero su lesbianismo o era desconocido para la organización o era escrupulosamente tratado como un daño potencial. Originalmente -y hasta este día- una organización feminista conservadora, la NOW se describe a sí misma en términos de igualdad de derechos en vez de liberación de mujeres. Ha buscado soluciones más liberales en vez de radicales a lo que vio como el problema de la desigualdad de las mujeres.
El tema del lesbianismo lentamente se convirtió en un problema irresoluble para la NOW mientras pedidos de reconocimiento fueron bloqueados por figuras influyentes en la organización. Insatisfechas con la NOW, un número de mujeres renunciaron y llamaron a una reunión para discutir la discriminación hacia las lesbianas -lo que fue entonce descrito como “sexismo”- en el movimiento de mujeres. Ese evento “fue histórico porque fue la primera reunión de jóvenes lesbianas radicales sin hombres gays, la primera vez que mujeres del Frente de Liberación Gay se encontraban con lesbianas del movimiento de mujeres, y la primera vez que las lesbianas del movimiento de mujeres se encontraban con otras como lesbianas” (Abbott y Love, 1973:113). Allí fue decidido que un documento de posicionamiento escrito colectivamente, subrayando las conexiones políticas entre el lesbianismo y el feminismo, debería ser puesto en circulación entre los grupos feministas heterosexuales y presentado en el Segundo Congreso para Unir a las Mujeres.
En consecuencia, cuando el Segundo Congreso abrió en mayo de 1970, fue interrumpido por veinte mujeres que, resignificando la calumnia de la nominación de Friedan, se llamaron a sí mismas “Amenaza Lavanda”. Las luces se apagaron, y cuando “volvieron, veinte mujeres usando remeras con la estampa “Amenaza Lavanda” se pararon al frente del cuarto” (Schneir, 1994:160). Durante dos horas estas activistas hablaron a las cuatrocientas feministas sobre su experiencia y análisis de la discriminación hacia las lesbianas en el movimiento de mujeres. Al día siguiente miembros de Amenaza Lavanda dirigieron talleres sobre lesbianismo y homofobia; en la reunión final del Congreso, cuatro declaraciones propuestas por el grupo fueron adoptadas como resoluciones:


Se resuelve que la Liberación de Mujeres es una conspiración lesbiana.


Se resuelve que siempre que la etiqueta lesbiana sea usada contra el movimiento colectivamente o contra las mujeres individualmente, debe ser afirmada, no negada.


En todas las discusiones sobre control de natalidad, la homosexualidad debe ser incluida como un método legítimo de contracepción.

Todo programa de educación sexual debe incluir el lesbianismo como una forma válida y legítima de expresión sexual y amor (citado en Marotta, 1981:244-5)


También fue puesto en circulación en el Congreso un documento sobre “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres”, escrita por la Amenaza Lavanda que subsecuentemente se renombraron Lesbianas radicales. Este influyente documento apareció primero en las publicaciones contraculturales Rat y Come out! antes de ser impreso como un panfleto por Gay Flames y luego reimpreso en numerosas antologías. De muchas maneras, ejemplifica la posición política del feminismo lesbiano. Como lo aclara su título, desvía la atención del lesbianismo como una orientación sexual o práctica para reconceptualizarla como una manera de estar en el mundo que, potencialmente, incluye a todas las mujeres. La perspectiva ganada de la experiencia lesbiana -”la liberación de una misma, la paz interior, el verdadero amor a una misma y a todas las mujeres”- es en las palabras de las Lesbianas radicales (citado en Schneir, 1994:162) “algo para ser compartido con todas las mujeres- porque somos todas mujeres.”
En “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres” es lesbianismo es inscrito como una postura política más que como una identificación sexual: “[una] lesbiana es la ira de todas las mujeres condensada hasta el punto de la explosión” (ibid.). El documento de las Lesbianas radicales alinea a las lesbianas mucho más cercanamente con las mujeres heterosexuales que con los varones homosexuales, argumentando que el odio dirigido hacia las lesbianas es un efecto de la dominación masculina:
Lesbiana es la palabra, la etiqueta, la condición que mantiene a las mujeres en línea… Lesbiana es una etiqueta inventada por el Hombre para tirársela a cualquier mujer que se atreve a ser su igual, que se atreve a desafiar sus prerrogativas (incluyendo aquellas que hacen a todas las mujeres parte del medio de intercambio entre hombres), que se atreve a afirmar la primacía de sus propias necesidades. (ibid.:163)


Como corolario, “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres” argumenta que el lesbianismo es la lógica extensión del feminismo: “es la primacía de las mujeres relacionándose con mujeres, de mujeres creando una nueva consciencia de y con cada otra que está en el corazón de la liberación de las mujeres, y las bases para la revolución cultural” (ibid.:167). Aunque NOW continuó dividida durante un turbulento año en el tema del lesbianismo, hacia finales de 1971 aprobó una serie de resoluciones que incorporaron muchos de los sentimientos expresados en  el documento “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres:


Se resuelve que NOW reconoce la doble opresión de las lesbianas;


Se resuelve que el derecho de una mujer a su propia persona incluye el derecho a definir y expresar su propia sexualidad y elegir su propio estilo de vida y


Se resuelve que NOW reconoce la opresión de las lesbianas como una preocupación legítima del feminismo. (citado en Abbott y love, 1973:134)

El documento “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres” fue tanto la causa como el efecto de la movilización lesbiana feminista en los 70. En un recuento como este, sin embargo, que mapea las categorías cambiantes de la identificación sexual, es igualmente importante por otra razón. A pesar de su ahora anticuada modernidad- sus referencias a “hermanas” y “el Hombre”- y su recurso a una versión de la psicología popular que promueve la integridad y el amor propio, muchas de sus conceptualizaciones continúan influenciando esos escritos que constituyen las bases teóricas del feminismo lesbiano. Mucha de esta escritura feminista lesbiana está informada por las demandas gemelas de activismo colectivo y teorización intelectual, y se caracteriza por una amalgama de análisis político y estrategias para una transformación cultural.
La posición lesbiana feminista como se desarrolló en los 80 está esquematizada en el enormemente influyente y frecuentemente citado ensayo de Adrienne Rich, “Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana”. El ensayo de Rich -escrito en 1978 y publicado primeramente en Signs en 1980- fue controversial y generó mucha discusión teórica (véase Ann Ferguson, 1981). Subsecuentemente, Rich argumentó que uno de los motivos para escribirlo fue “esquematizar, al menos, algún puente sobre la brecha entre lesbiana y feminista” (Rich, 1986:24). Dada esa meta no es sorprendente que el ensayo de Rich, al igual que “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres”, debería poner en primer plano la posición de las lesbianas como mujeres: “si consideramos la posibilidad de que todas las mujeres… existen en un continuum lesbiano, nos podemos ver a nosotras mismas como entrando y saliendo de este continuum, sea que nos identifiquemos como lesbianas o no” (ibid.:54). Aún más, la representación de Rich del lesbianismo como algo entendido más productivamente entre categorías de género distanció activamente su versión del lesbianismo de cualquier afiliación equivalente con los hombres gays:
Las lesbianas han sido históricamente privadas de una existencia política a través de la inclusión como versiones femeninas de la homosexualidad masculina. Igualar la existencia lesbiana con la homosexualidad masculina porque los dos son estigmatizados es borrar la realidad femenina una vez más. Parte de la historia de la existencia lesbiana es, obviamente, encontrada donde las lesbianas, a falta de una coherente comunidad femenina, han hecho un tipo de vida social y causa común con hombres homosexuales. Pero hay diferencias: la falta de privilegios económicos y culturales de las mujeres en relación a los hombres; diferencias cualitativas en las relaciones femeninas y masculinas -por ejemplo, los patrones de sexo anónimo entre hombres homosexuales, y la pronunciada discriminación por edad en los criterios homosexuales masculinos de atractivo sexual. Yo percibo la experiencia lesbiana, al igual que la maternidad, como una experiencia profundamente femenina, con opresiones particulares, significados, y potencialidades que no podemos comprender mientras que simplemente la equiparemos a otras existencias sexualmente estigmatizadas. (ídem:318-19)


Este pasaje marca un importante cambio en la teorización del lesbianismo que continúa informando debates sobre la eficacia política de lo queer. Aunque no llama simplemente a una descripción género-específica del lesbianismo, argumenta que para las lesbianas, el género, no la sexualidad, es la categoría de identificación primaria. Rich no valora simplemente el género por sobre la sexualidad. Ella lo entiende como el paradigma ejemplar de la opresión de todo tipo: “el poder que los hombres en todos lados ejercen sobre las mujeres… se ha vuelto un modelo para cualquier otra forma de explotación y control ilegal” (ibid.:68). En consecuencia las mujeres (en lugar de los hombres gays) son las aliadas políticas naturales de las mujeres. Los hombres gays, en tanto que son hombres, son parte de una estructura social opresiva que el feminismo lesbiano está comprometida a derrocar.
Rich modifica este argumento significativamente en una nota al pie agregada a su ensayo en 1986: “Ahora pienso que tenemos mucho que aprender tanto de los aspectos únicamente femeninos de la existencia lesbiana como de la compleja identidad ‘gay’ que compartimos con los hombres gays” (ibid.: 53). Aunque Rich aquí altera el énfasis original de su ensayo, una rama significativa del feminismo lesbiano ha continuado identificando a los hombres gays como cómplices de las estructuras de dominación masculina, y consecuentemente como aliados menos adecuados para las lesbianas que las mujeres heterosexuales. Sheila Jeffreys, por ejemplo, pone el énfasis en la solidaridad entre las mujeres y las lesbianas -una solidaridad asumida como axiomática para el feminismo en sí mismo- mientras rechaza cualquier alianza comparable entre lesbianas y hombres gays. Evaluando categorías de identidad subscritas más fuertemente por el género que aquellas subscritas por la sexualidad, Jeffreys pone en primer plano “todo el sistema de la supremacía masculina” para realizar el argumento más amplio e inclinado hacia el género de que todos los hombres -incluidos los hombres gays- oprimen a las mujeres (Jeffreys, 1994:460) Aún más, ella señala que los hombres gays tienen una función peculiarmente potente en esta opresión general: “Los hombres gays tienen un rol influyente en definir qué es lo femenino en la cultura supremacista masculina a través de su involucramiento en los medios y las industrias de la moda” (ibid.:461). La representación de los hombres gays como el epítome de los valores patriarcales tiene una lamentable historia homofóbica en la teoría feminista. Por ejemplo, en añadidura al ensayo de Rich ya discutido, reaparece en los escritos de Irigaray (1981:107-11) y Frye (1983) y es criticado por Fuss (1989:45-9). Significativamente, el pensamiento liberacionista gay ofrece un análisis opuesto de cómo los hombres gays se relacionan con la opresión de las mujeres: argumenta que los hombres gays pueden trabajar con el “chauvinismo masculino” más fácilmente que los hombres heterosexuales porque no están totalmente subsumidos en el sistema (cf. Wittman, 1992:332)
Mientras que obviamente hay algo que decir para considerar las maneras en que el género opera en el campo del poder, el enfoque reductivo de Jeffreys sobre el género pasa por alto otras e igualmente significativas variantes. Parafraseando con aprobación uno de los argumentos de Marilyn Frye, Jeffreys (1994:468) observa que “los hombres gays pueden ser vistos como los conformistas de la supremacía masculina porque eligen amar a aquellos que todos están obligados a amar bajo este sistema político, esos son, los hombres. Las lesbianas, por otro lado, eligen amar a quienes son despreciadas, esas son, las mujeres”. Si los hombres gays, como sugiere Jeffreys, se conforman a la supremacía masculina a través del género del objeto de su elección sexual, se entiende que los no conformistas a la supremacía masculina son aquellos que aman a las  mujeres, por lo tanto, lesbianas y hombres heterosexuales. Aquí, el enfoque implacable de Jeffreys en el género produce una conclusión que funciona contra los términos de su propio argumento. Inadvertidamente, ella demuestra el punto de Sedgwick (1990:32) de que “es poco realista esperar un cercano, texturado análisis de las relaciones del mismo sexo a través de una óptica calibrada en primer lugar por el burdo estigma de la diferencia de género”.
Incluso el título del capítulo de Marilyn Frye sobre “Feminismo lesbiano y el movimiento de derechos gays: otro punto de vista sobre la supremacía masculina, otro separatismo” sugiere económicamente tanto una afinidad entre lesbianas y mujeres heterosexuales como una antipatía entre hombres gays y lesbianas. Frye (1983:129) observa una tendencia a asumir “una afinidad cultural y política entre hombres gays por un lado y mujeres -lesbianas y/o feministas- por el otro” porque cada grupo es diferente pero igualmente marginalizado en los entendimientos dominantes del sistema sexo/género. Frye se opone a esta suposición popular argumentando que
una mirada a algunos de los principios y valores de la cultura y la sociedad supremacista masculina sugiere inmediatamente que el movimiento de derechos masculinos homosexuales y la cultura gay masculina, como pueden ser conocidas en sus manifestaciones públicas, son en muchos puntos centrales considerablemente más congruentes que discrepantes con esta falocracia, que a su vez es tan hostil con las mujeres y el amor a las mujeres al que las lesbianas están comprometidas (ibid.:130).


Esos “principios y valores” que, de acuerdo a Frye, conectan a los hombres homosexuales y heterosexuales en lazos de indisoluble masculinidad incluyen un compromiso con los derechos del hombre ciudadano, el homoerotismo, el odio a las mujeres, y la heterosexualidad obligatoria masculina. Tomando una línea más dura que Rich o Jeffreys, Frye considera estas presuntas afinidades entre la cultura falocrática y el movimiento de liberación gay. Pero ella solo lo hace para concluir que, lejos de ser sólo como los hombres heterosexuales, “los hombres gays generalmente son de maneras significativas, quizás en todas las maneras importantes, sólo más leales a la masculinidad y a la supremacía masculina que otros hombres” (ibid.:132).
Frye no es la primera ni la última teórica feminista lesbiana en argumentar que el lazo masculino que permite los intercambios heterosexuales difiere en grado en vez de en tipo del lazo masculino que sostiene la homosexualidad. Sin embargo, su declaración contra-intuitiva de que los hombres gay y heterosexuales están igualmente comprometidos a “la heterosexualidad obligatoria masculina” es digna de ser considerada en detalle, porque es más idiosincrática y quizás sea la forma más extrema de su argumento. Habiendo establecido -más para su propia satisfacción que la mía- que las culturas heterosexual y gay están unidas en su amor por los hombres y su odio hacia las mujeres, Frye (ibid.:140) continúa para subrayar la racionalidad detrás de la heterosexualidad obligatoria masculina: “es muy importante para el mantenimiento de la supremacía masculina que los hombres cojan a las mujeres, mucho. Así es requerido; es obligatorio. Hacerlo es tanto el deber de uno como una expresión de solidaridad.”
El discurso de la liberación gay podría parecer opuesto, o al menos desleal, a este requerimiento. Sin embargo, al reconocer que los hombres gays no están interesados en “cumplir [su] deber” en este sentido, Frye argumenta que esto es sólo porque tienen un sobredesarrollado odio por las mujeres:
En muchos casos, [los hombres gays] no están dispuestos a complir su deber sólo porque han aprendido demasiado bien sus lecciones sobre el odio a las mujeres. Su reticencia a representar esta parte de la hombría se debe sólo a un desbalance, donde el requisito de odiar a las mujeres ha tomado una forma y una intensidad que lo pone en tensión con este otro requerimiento de la hombría. (ibid.)


Hay problemas obvios con este análisis, que trata tanto al deseo y a la aversión a tener sexo con mujeres como evidencia del mismo desprecio básico por ellas. Además, esa “solidaridad” que Frye percibe entre hombres gays y heterosexuales es ampliamente no reconocida por ambos grupos. Frye nota parcialmente este problema -para el cual ella no ofrece ninguna solución- cuando observa al pasar que “se convierte un poco en un enigma el porqué los hombres hetero no reconocen a sus hermanos gays” (ibid.:130). Su insistencia en la primacía de género dentro de la opresión estructural representa el proyecto del feminismo lesbiano y la liberación gay como mutuamente inconmensurable: “Lejos de haber una afinidad natural entre las feministas lesbianas y el movimiento civil por los derechos homosexuales, veo que sus políticas son, en la mayoría de las consideraciones, directamente anti-éticos para el otro” (ibid.:145).  Esta suposición ha generado una gran cantidad de debates. Aunque está lejos de ser una característica indispensable del feminismo lesbiano, continúa informando las luchas de representación sobre la identificación sexual.
La “heterosexualidad obligatoria” es también, por supuesto, una idea clave para Rich, que acuñó la frase. Diferente a Frye, sin embargo, ella considera el efecto de esta orden regulatoria principalmente como perteneciente a las mujeres, identificando la heterosexualidad como “una institución política” que trabaja sistemáticamente para la desventaja de todas las mujeres (Rich, 1968:313). En este aspecto, ella expande el argumento (tomado previamente en “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres”) de que “mientras que la aceptabilidad masculina es primaria -tanto para las mujeres individuales y para el movimiento como un todo- el término ‘lesbiana’ será usado efectivamente contra las mujeres” (Schneir, 1994:165). Para Rich, la heterosexualidad no es simplemente un asunto de elección personal en el sentido volitivo implicado por una frase como “preferencia sexual”. Al comparar la heterosexualidad al capitalismo y al racismo, ella la representa como estructurada a través de un desbalance fundamental de poder: “La falta de examinación de la heterosexualidad como una institución es lo mismo que no admitir que el sistema económico llamado capitalismo o el sistema de castas del racismo es mantenido por una variedad de fuerzas, que incluyen tanto la violencia física como la falsa conciencia” (Rich, 1986:51). Ella llama la atención sobre las maneras en que tanto la naturalización de la heterosexualidad y la patologización del lesbianismo trabajan para privilegiar la masculinidad heterosexual.
Habiendo identificado “la mentira de la heterosexualidad obligatoria femenina”, Rich continúa para anticipar su ruina (ibid.:61). Cuando subscrito por el análisis y el compromiso feminista, el lesbianismo -”una forma de oponerse al patriarcado, un acto de resistencia” (ibid.:52) desnaturaliza la homosexualidad demostrando sus inversiones ideológicas:
Podemos decir que hay un naciente contenido político feminista en el acto de elegir una amante mujer o compañera de vida en la cara de la heterosexualidad institucionalizada. Pero para que la existencia lesbiana entienda este contenido político como la última forma de liberación, la elección erótica debe profundizarse y expandirse hacia la identificación consciente de la mujer- hacia el feminismo lesbiano (ibid.:66).


Aunque cuidadosa al señalar que el lesbianismo no es necesariamente radical en sí mismo, Rich lo representa como ofreciendo al feminismo un modelo para la transformación radical, un modelo que identifica y resuelve esa contradicción en el corazón del feminismo como era cuando primero se constituyó.
El ensayo de Rich desnaturaliza la heterosexualidad naturalizando las categorías de género. Los ensayos de Monique Wittig, al contrario, están igual de comprometidos a desafiar la hegemonía heterosexual, pero desestabiliza la suposición del género que subscribe al análisis de Rich. En este aspecto, el trabajo de Wittig extiende la cuenta esquemática ofrecida por las lesbianas radicales sobre la relación entre género -o, como ellas lo llaman, “roles de sexo”- y la sexualidad:
El lesbianismo, como la homosexualidad masculina, es una categoría de comportamiento posible sólo en una sociedad sexista caracterizada por roles sexuales rígidos y dominada por la supremacía masculina… La homosexualidad es un sub-producto de una forma particular de establecer roles (o patrones de comportamiento aprobados) sobre las bases del sexo; como tal es una categoría inauténtica (no congruente con “la realidad”). En una sociedad en la que los hombres no oprimieran a las mujeres, y a la expresión sexual se le permitiera seguir a los sentimientos, las categorías de homosexualidad y heterosexualidad desaparecerían (Schneir, 1994:162-3).


El ensayo “Las Mujeres-Identificadas-como-Mujeres” asume que el género apuntala igualmente a la homosexualidad y heterosexualidad, e implica que la destrucción de los roles sexuales será seguida por una perversidad polimorfa en la forma de una utopía bisexual. Esta posición es semejante a aquella de la temprana liberación gay. Rich es bastante despectiva respecto a los imaginarios futuristas de los liberacionistas gays y las feministas lesbianas. Confrontada con “la frecuentemente escuchada afirmación de que en un mundo de igualdad genuina, donde los hombres no son opresivos y cariñosos, todos serían bisexuales”, ella la critica sobre la base de que “es un salto liberal sobre las tareas y las luchas del aquí y ahora, el proceso continuo de la definición sexual que generará sus propias posibilidades y elecciones” (Rich, 1986:34,35).
De acuerdo a Wittig, sin embargo, las categorías de género son enteramente cómplices en el mantenimiento de la heterosexualidad. Es por esto que ella ubica al lesbianismo fuera del campo del género por completo. Al aceptar las categorías de género -aunque sea sólo para criticarlas- “naturalizamos el fenómeno social que expresa nuestra opresión, haciendo imposible el cambio” (Wittig, 1992:11). Percibir que el género no es la causa sino el efecto de la opresión es entender que la “mujer” sólo tiene significado en sistemas heterosexuales de pensamiento y sistemas económicos heterosexuales” (ibid.:32). Wittig por lo tanto representa al lesbianismo como triunfante en el exceso de las categorías de género:
Destruir a la “mujer” no significa que apuntamos.. A destruir al lesbianismo simultáneamente con las categorías de sexo… Lesbiana es el único concepto que conozco que está más allá de las categorías de sexo (mujer y hombre), porque el sujeto designado (lesbiana) no es una mujer, ni económicamente, ni políticamente, ni ideológicamente (ibid.:20).


Aquí sólo las lesbianas disfrutan esa posición trascendental. Sin embargo en un ensayo anterior, Wittig insinúa que los hombres gays están posicionados similarmente en relación a las categorías de género: “Si nosotros, como lesbianas y hombres gay, continuamos hablando de nosotros mismos y nos consideramos a nosotros mismos como mujeres y hombres, somos instrumentos en el mantenimiento de la heterosexualidad” (ibid.:30). Aunque sus términos se parecen a aquellos utilizados por las lesbianas radicales, Rich y Frye, Wittig desarrolla un argumento significativamente diferente. Su reificación del término “lesbiana” ha sido criticada por teóricos posteriores, que encuentran su celebración utópica de la categoría poco convincente incluso dentro de los términos de su propio argumento (cf. Butler, 1990:120-2; Fuss, 1989:15). No obstante, teorizaciones recientes de las identidades sexuales ha retomado su énfasis en el poder constitutivo del discurso, su insistencia en que la categoría “mujer” -como la categoría “hombre”- no es una verdad fundacional sino “sólo una formación imaginaria” (Wittig, 1992:15), y su representación de las lesbianas y los hombres gays como sujetos similarmente posicionados.
A menudo representado como un movimiento coherente, tanto puritano como prescriptivo, el feminismo lesbiano actualmente describe un rango de posiciones teóricas y políticas a veces contradictorias. Incluso un breve sumario de la teoría feminista lesbiana demuestra que sus rearticulaciones de la sexualidad a través del género no necesariamente producen análisis idénticos o incluso compatibles. Aunque es común representar al feminismo lesbiano y a la teoría queer como impulsos políticos opuestos (Jeffreys, 1993; Wolfe y Penelope, 1993), algunas de las demostraciones queer más incisivas de cómo el género funciona al licenciar la heterosexualidad como normativa se originan en la teoría feminista lesbiana inicial. Este punto es mostrado por Rosemary Hennessy (1994:93) cuando se opone a la manera en que las conexiones entre el feminismo lesbiano de los 70 y la teoría queer de los 90 han sido ampliamente negadas:
Hace casi veinte años, las feministas lesbianas del Oeste -entre ellas, Charlotte Bunch, Las Furias, el Equipo Septiembre Púrpura y Monique Wittig- exigieron una crítica de la heterosexualidad. Ellas argumentaron que el feminismo, incluyendo las discusiones sobre lesbianismo entre las feministas culturales, lidiaban con la sexualidad como un tema personal o de derechos civiles para evitar una crítica materialista de más amplio rango del status normativo de la heterosexualidad… me parece que estos conocimientos ofrecen una tradición rica y radical para desarrollar la teoría queer materialista postmoderna.


Con sus políticas de alianza y su énfasis en las identificaciones sexuales, la afinidad queer está claramente con esa rama del feminismo lesbiano que no entiende la sexualidad como un sub-producto del género. La teoría queer está también productivamente informada por el feminismo lesbiano en tres aspectos cruciales: su atención a la especificidad del género, su encuadre de la sexualidad como institucional en vez de personal, y su crítica de la heterosexualidad obligatoria.