viernes, 13 de enero de 2017

“Queer Theory” de Annamarie Jagose, Editorial: New York University Press, NY, 1996. Capítulo 7 (parte 1)

Cap. 7 de “Queer Theory” de Annamarie Jagose, Editorial: New York University Press, NY, 1996.
Traducción libre por María de la Paz Díaz


Homosexual, lesbiana o gay, queer


Aunque el uso generalizado de “queer” como un término de auto-descripción es un fenómeno relativamente reciente, es sólo el más reciente en una serie de palabras que han constituido el campo de fuerza semántico de la homosexualidad desde el siglo diecinueve. La palabra “homosexualidad” -acuñada en 1869 por un doctor suizo, Karoly Maria Benkert- no fue usado ampliamente en inglés hasta 1890, cuando fue adoptado por el sexólogo Havelock Ellis. Continúa teniendo una cierta vigencia pero, a causa de su inquebrantable asociación con los discursos patologizantes de la medicina, es rara vez usado hoy en día como un término de auto-identificación. “Describirse a uno mismo como ‘un homosexual’”, escribe Simon Watney (1992:20), “es habitar inmediatamente una teoría pseudo-científica de la sexualidad que pertenece más apropiadamente a la época del motor a vapor que a finales del siglo veinte”.
Más recientemente, en los 60, los liberacionistas hicieron un salto estratégico con “homosexualidad” anexando la palabra “gay”, por consiguiente redistribuyendo un término del lunfardo del siglo diecinueve que había anteriormente descrito a las mujeres de dudosa moral. “Gay” fue movilizada como una oposición específicamente política a esa categorización binarista y jerarquizada que clasifica a la homosexualidad como una desviación de la privilegiada y naturalizada heterosexualidad. Mucha crítica conservativa -sin mencionar lingüísticamente inocente - fue nivelada en esta apropiación sobre la premisa de que una palabra “inocente” estaba siendo “pervertida” de su uso apropiado. Cuando el libro de John Boswell, Cristianismo, tolerancia social, y homosexualidad: la gente gay en europa oriental desde el principio de la era cristiana hasta el siglo catorce, fue publicado, Keith Thomas regañó al editor por permitir tanta negligencia en el uso que hace Boswell del término “gay”: “La historia sugiere que los intentos de resistir el cambio semántico son casi invariablemente infructuosos”, escribió. “Pero parece una lástima que la Editorial de la Universidad de Chicago debería en este caso haber capitulado tan fácilmente” (1980:26). Thomas entonces especificó qué está mal con este uso:

La primera objeción es política. Una minoría está sin duda autorizada a rebautizarse a sí misma con un término que lleve connotaciones más favorables para validar su propio comportamiento y liberarse a sí misma del escándalo. Pero está difícilmente autorizada a esperar que aquellos que no pertenecen a esa minoría respeten este nuevo uso, particularmente cuando la etiqueta elegida parece bizarramente inapropiada y parece involucrar una ofensa implícita sobre todos los demás… La segunda objeción a “gay” es lingüística. Durante siglos la palabra ha significado (aproximadamente) “despreocupado”, “divertido”, o “exuberantemente jovial”. Conferirle un significado totalmente diferente es privarnos a nosotros mismos de una hasta ahora indispensable pieza de vocabulario y hacer incidentalmente un sinsentido de la mucha literatura heredada.” (ibid.)


Sólo quince años después las objeciones de Thomas parecen cómicas. Su indignación porque “gay” no sólo describe mal a los homosexuales sino que también margina a los heterosexuales de tal felicidad categórica no ha sido más persuasiva que su ansiedad sobre que el homónimo “gay” dañaría el lenguaje y la literatura. De hecho, la popularidad del término “gay” testifica su potencial como un descriptor no-clínico sin la carga de la historia patologizante de la sexología.
Rastrear la evolución etimológica es más comúnmente una tarea general antes que precisa. Mientras que en gran medida, los términos “homosexual”, “gay” o “lesbiana”, y “queer” exitosamente marcan cambios históricos en la conceptualización del sexo del mismo sexo, su despliegue real ha sido a veces menos predecible, a menudo precediendo o sucediendo los períodos que ellos respectivamente caracterizan. Por ejemplo, George Chauncey (1994) observa que en las varias subculturas que constituyeron el mundo gay visible y complejo de la pre segunda guerra mundial el término “queer” antecedió a “gay”. Él nota que “para 1910 y 1920, los hombres que se identificaban a sí mismos como diferentes de otros hombres primariamente sobre las bases de su interés homosexual más que en su status de género similar a la mujer usualmente se llamaban a sí mismos ‘queer’” (Chauncey, 1994:101)). Por contraste, el término “gay” primero “comenzó a difundirse en los 30, y su primacía fue consolidada durante la guerra” (ibid:19). Tan recientemente como en 1990 la Enciclopedia de la homosexualidad glosaba “queer” como un término casi arcaico, concluyendo -prematuramente, como resultó ser- que “la popularidad en declive de la palabra podría por lo tanto reflejar la mayor visibilidad actual y aceptación de los hombres gays y lesbianas y el creciente conocimiento de que la mayoría de ellos son de hecho gente inofensiva y corriente” (Dynes, 1990:1091). Al conceder que en la américa del siglo veinte “queer” “ha sido probablemente el más popular término vernáculo de abuso para los homosexuales”, la Encyclopedia reporta incrédulamente que “aún hoy algunos homosexuales ingleses mayores prefieren el término, incluso a veces afectando la creencia de que no tiene valor” (ibid.). Los ejemplos de Chauncey y Dynes se mantienen como recordatorios de advertencia de que los divagues de la evolución histórica raramente hacen juego con todos los paradigmas más claros que pretenden describirlos. No obstante, el camino trazado por “homosexual”, “gay”, o “lesbiana” y “queer” describe correctamente los términos y categorías identificatorias comúnmente usadas para enmarcar el deseo por el mismo sexo en el siglo veinte.
Aunque estos términos están claramente relacionados unos con otros, los argumentos construccionistas estudiados en el capítulo 2 indican que no son formas meramente diferentes de decir la misma cosa, y por lo tanto no deberían ser mal reconocidos como sinónimos. Como Simon Watney (1992:20) ha argumentado: “Lejos de ser asuntos triviales, tales cuestiones sobre el cambio y la contestación en el nivel de las identidades personales e íntimas son fundamentales para nuestro entendimiento del funcionamiento del poder dentro del más amplio marco de la Modernidad”. “Queer” no es simplemente el último ejemplo en una serie de palabras que describen y constituyen transhistóricamente el deseo por el mismo sexo sino una consecuencia de la problematización construccionista de cualquier término presuntamente universal. Notando en la proliferación discursiva reciente de estudios gays y lesbianos una cierta vacilación o cohibición sobre qué términos usar en qué circunstancias, James Davidson (1994:12) escribe: “Queer es de hecho la solución más común a esta moderna crisis de expresión, una palabra tan itinerante que está igualmente en la casa en la sala de estar del siglo 19, acomodándose a sí misma a la insinuación susurrada, y en las calles de los noventas, donde levanta su perfil hacia un slogan empoderante”. En sus erráticas afirmaciones de varios períodos históricos, Davidson argumenta que queer “produce nada más que confusión” (ibid.). El término crítico “queer” ha probado tener un sentido altamente elástico de la historia (ver capítulo 1). Pero ha sido más comúnmente movilizado no como un descriptor retrospectivo y transhistorizante, sino como un término que indexa precisa y específicamente formaciones culturales de finales de los 80’s y 90’s. Describiendo el cambio desde “homosexual” hacia “gay”, Weeks (1977:3) argumenta que estos términos “no son sólo nuevas etiquetas para viejas realidades: ellos apuntan a una realidad cambiante, tanto en las maneras en que una sociedad hostil etiquetó a la homosexualidad, como en la manera en que aquellos estigmatizados se veían a sí mismos”. Similarmente, al distinguirse a sí mismo de aquellos términos que forman su historia semántica, “queer” igualmente destaca “una realidad cambiante” cuyas dimensiones ahora serán examinadas más profundamente.


El contexto post-estructuralista de lo queer


Lo queer marca tanto una continuidad como una ruptura con los modelos previos gay liberacionistas y feministas lesbianos. Los modelos feministas lesbianos de organización eran correctivos para el sesgo masculinista de una liberación gay que en sí misma había crecido a partir de las insatisfacciones con organizaciones homófilas anteriores. Similarmente, lo queer efectúa una ruptura que, lejos de ser absoluta, es significativa sólo en el contexto de su desarrollo histórico. La fingidamente histórica búsqueda de la evolución gay de Susan Hayes (1994:14) asigna lo queer como el último de una serie de eventos relacionados:


Primero estaba Safo (los buenos tiempos antiguos). Entonces estaba el aceptable homoerotismo de la Grecia clásica, los excesos de Roma. Después, casualmente salteando dos milenios, estaba Oscar Wilde, la sodomía, el chantaje y el aprisionamiento, Forster, Sackville-West, Radclyffe Hall, la inversión, la censura; después las maricas, las butch y las femme, los maricones, las reinas, las brujas de las maricas, más censura y chantaje, y Orton. Después estuvo Stonewall (1969) y todos nos hicimos gay. Estaba el feminismo, también, y algunas de nosotras nos volvimos feministas lesbianas e incluso lesbianas separatistas. Había drags y clones y bollos y políticas y Gay Sweatshop. Después estuvo el Sida, que, a través de la intensa discusión de las prácticas sexuales (como opuestas a las identidades sexuales), engendraron el movimiento Queer en américa. Después esa suprema manifestación de la paranoia Thatcherista, la cláusula 28, que provocó el matrimonio forzoso de las políticas gay y lesbianas en el Reino Unido. El niño es Queer, y de seguro es un niño problemático.


Aunque esta cuenta es demasiado irónica para ser una genealogía totalmente persuasiva de lo queer como categoría, su invocación paródica de las causas y efectos históricos ciertamente dramatiza las continuidades y discontinuidades ambivalentes que caracterizan la evolución de lo queer.
Mientras la movilización de lo queer en su sentido más reciente no puede ser fechado exactamente, es generalmente entendido que fue adoptado de manera popular a principios de los 90. Lo queer es un producto de presiones específicamente culturales y teóricas que cada vez más estructuraban debates (tanto dentro como fuera de la academia) sobre las cuestiones de la identidad gay y lesbiana. Quizás más significativo en este sentido ha sido la problematización que hizo el post-estructuralismo de los entendimientos liberacionistas gay y feministas lesbianos de la identidad y las operaciones de poder. Esto impulsa a David Herkt (1995:46) a argumentar que “la identidad gay es de manera observable un constructo filosóficamente conservador, basado sobre premisas que ya no tienen ninguna relación persuasiva académica con las teorías contemporáneas de la identidad y el género”. La deslegitimación de las nociones liberales, liberacionistas, étnicas y aún separatistas de la identidad generaron el espacio cultural necesario para la emergencia del término “queer”, su no-especificidad lo garantiza contra las recientes críticas hechas sobre las tendencias excluyentes de “lesbiana” y “gay” como categorías identitarias. Aunque no hay acuerdo sobre la definición exacta de lo queer, las esferas interdependientes del activismo y la teoría que constituyen su contexto necesario han atravesado varios desplazamientos.
Antes de considerar debates específicos sobre la eficacia de lo queer, es importante entender que esos modelos de identidad, género y sexualidad que en gran parte subscriben la agenda queer han cambiado, y reconocer las implicancias que tales cambios tienen para la teorización del poder y la resistencia. Al distinguir el Frente de Liberación gay de Nación Queer, Joseph Bristow y Angelia R. Wilson (1993:1-2) consideran definitivamente significativo que “una anterior política de la identidad ha sido largamente sustituida por una política de la diferencia”. Similarmente, Lisa Duggan (1992:15) nota que en los modelos queer “la retórica de la diferencia reemplaza el énfasis liberal más asimilacionista en la semejanza con otros grupos”. Al identificar la diferencia como un término crucial para los conocimientos queer y modalidades de organización, estos teóricos mapean un cambio que no es específico de lo queer sino característico del post-estructuralismo en general. Como Donald Morton (1995:370) escribe:


En lugar de un efecto local, el retorno de lo queer debe ser entendido como el resultado, en el dominio de la sexualidad, del (post)moderno encuentro con -y el rechazo de- visiones iluministas acerca del rol de lo conceptual, racional, sistemático, estructural, normativo, progresivo, liberatorio, revolucionario, y demás, en el cambio social.


En efecto, como un modelo intelectual, lo queer no ha sido producido solamente por las políticas y las teorías gays y lesbianas, sino más bien informado por conocimientos históricamente específicos que constituyen el pensamiento occidental de fines del siglo veinte. Cambios similares pueden ser vistos tanto en la teoría y la práctica feminista como post-colonial cuando, por ejemplo, Denise Ridley (1988) problematiza la insistencia del feminismo en las “mujeres” como una categoría unificante, estable y coherente, y Henry Louis Gates (1985) desnaturaliza “raza”. Tales cambios conceptuales han tenido gran impacto dentro de la academia y el activismo gay y lesbiano y son el contexto histórico para cualquier análisis de lo queer.
Tanto el movimiento gay como lesbiano estaban comprometidos fundamentalmente con la noción de políticas identitarias al asumir la identidad como el prerrequisito necesario para la intervención política efectiva. Lo queer, por otro lado, ejemplifica una relación más mediada con las categorías de identificación. El acceso a la teorización post estructuralista de la identidad como provisional y contingente, aparejado con una creciente conciencia de las limitaciones de las categorías identitarias en términos de representación política, permitió a lo queer emerger como una nueva forma de identificación personal y organización política. “Identidad” es probablemente una de las más naturalizadas categorías culturales que cada uno de nosotros habita: uno siempre piensa en el propio self como existente por fuera de todos los marcos representacionales, y de alguna manera marcando un punto de realidad innegable. En la segunda mitad del siglo veinte, sin embargo, tales aparentemente obvias o lógicas afirmaciones sobre la identidad han sido problematizadas radicalmente en un número de frentes por tales teóricos como Louis Althusser, Sigmund Freud, Ferdinand de Saussure, Jacques Lacan y Michel Foucault. Colectivamente, su trabajo ha hecho posibles ciertos avances en teoría social y las ciencias humanas que, en las palabras de Stuart Hall (1994:120), han afectado “el final descentramiento del sujeto cartesiano” (cf. Chris Weedon, 1987; Diana Fuss, 1989; Barbara Creed, 1994). En consecuencia, la identidad ha sido reconceptualizada como una sustentable y persistente fantasía cultural o mito. Pensar en la identidad como una construcción “mitológica” no es decir que las categorías de identidad no tienen efecto material. En vez de eso es darse cuenta- como Roland Barthes hace en sus Mythologies (1978)- que nuestro entendimiento de nosotros mismos como sujetos coherentes, unificados, y autodeterminantes es una consecuencia de aquellos códigos representacionales comúnmente usados para describir el self y a través de los cuales, en consecuencia, la identidad llega a ser entendida. La comprensión de Barthes de la subjetividad cuestiona esa aparentemente natural u obvia “verdad” de la identidad que deriva históricamente de la noción de René Descartes del ser propio como algo que es autodeterminante, racional y coherente.
Reconsiderando el énfasis de Karl Marx en el marco de restricciones o condiciones históricas que determinan las acciones de un individuo, Louis Althusser ha argumentado que nosotros no pre-existimos como sujetos libres: al contrario, estamos constituidos como tales por la ideología. Su tesis central es que los individuos son “interpelados” o “producidos” como sujetos por la ideología, y esa interpelación es alcanzada a través de de una mezcla convincente de reconocimiento e identificación. Esta noción es importante para cualquier análisis exhaustivo de las políticas identitarias, porque demuestra cómo la ideología no sólo posiciona a los individuos en la sociedad sino que también confiere sobre ellos su sentido de la identidad. En otras palabras, muestra cómo la identidad propia está ya constituida por la misma ideología en vez de por la simple resistencia a ella.
Como el acercamiento marxista estructuralista a la subjetividad, el psicoanálisis vuelve disponible culturalmente una narrativa que complica la suposición de que una identidad es la propiedad natural de cualquier individuo. La teoría de Sigmund Freud del inconsciente desafía aún más la noción de que la subjetividad es estable y coherente. Al establecer la influencia formativa de importantes procesos mentales y psíquicos de los que un individuo no es consciente, la teoría del inconsciente tiene implicancias radicales para la suposición de sentido común de que el sujeto es tanto completo como autoconsciente.  Asimismo, interpretaciones del trabajo de Freud -particularmente del psicoanalista francés, Jacques Lacan- establecen la subjetividad como algo que debe ser aprendido, en vez de como algo que ya está siempre allí. La subjetividad no es una propiedad esencial del self, sino algo que se origina por fuera de él. La identidad entonces, es un efecto de la identificación con y contra otros: estar en curso, y siempre incompleto, es un proceso más que una propiedad.
En algunas influyentes conferencias sobre lingüística estructural que realizó en 1906-11, Ferdinand de Saussure argumenta que el lenguaje no tanto refleja como construye la realidad social. Para Saussure, el lenguaje no es un sistema de segundo orden cuya función es simplemente describir lo que ya está allí. En vez de eso, el lenguaje constituye y hace significativo aquello que parece sólo describir. Aún más, Saussure define el lenguaje como un sistema de significación que precede a cualquier hablante individual. El lenguaje es comúnmente mal entendido como el medio por el cual nosotros expresamos nuestro yo “auténtico”, y nuestros pensamientos y emociones privados. Saussure, sin embargo, nos pide que consideremos que nuestras nociones de un yo privado, personal e interior es algo que constituido a través del lenguaje.
Las teorías de Althusser, Freud, Lacan y Saussure proveen el contexto post-estructuralista en que lo queer emerge. El historiador francés Michel Foucault ha estado más explícitamente comprometido desnaturalizando entendimientos dominantes de la identidad sexual. Al enfatizar que la sexualidad no es un atributo personal esencial sino una categoría cultural posible - y ese es el efecto del poder más que su simple objeto- los escritos de Foucault han sido crucialmente importantes para el desarrollo del activismo y el conocimiento lesbiano y gay, y consecuentemente, queer. Decir esto no es reivindicar que hay literalmente una conexión causal entre el trabajo de Foucault y la práctica y teoría queer. Pero, como Diana Fuss observa (1989:97), el trabajo de Foucault sobre la sexualidad resuena con “actuales disputas entre teóricos y activistas gay sobre el significado y la aplicabilidad de tales categorías como ‘gay’, ‘lesbiana’ y ‘homosexual’ en un clima post-estructuralista que interpreta todas las aseveraciones de la identidad como problemáticas”.
El argumento de Foucault de que la sexualidad es una producción discursiva en vez de una condición natural es parte de su argumentación más amplia de que la subjetividad moderna es un efecto de las redes de poder. No sólo negativo o represivo sino también productivo y habilitante, el poder es “ejercitado desde puntos innumerables” hacia ningún efecto predeterminado (Foucault, 1981:94). Contra el concepto popular de que el sexo existe más allá de las relaciones de poder y también es reprimido por ellas, Foucault (1979:36) argumenta que el poder no es primariamente una fuerza represiva:

Al definir los efectos del poder por la represión, uno acepta una concepción puramente jurídica de ese poder; uno identifica el poder con una ley que dice no; tiene sobre todo la fuerza de una interdicción. Ahora, yo creo que esta es una concepción totalmente negativa, estrecha y esquelética del poder que ha sido curiosamente compartida. Si el poder no fuera nada más que represivo, si nunca hiciera nada más que decir no, tú realmente crees que deberíamos prepararnos para obedecerlo? Lo que le da al poder su influencia, lo que lo hace aceptado, es simplemente el hecho de que no sólo influye como una fuerza que dice no, sino que corre a través, y produce cosas, e induce placer, forma conocimiento, produce discurso; debe ser considerado como una red productiva que corre a través del cuerpo social completo como mucho más que una instancia negativa cuya función es la represión.


En el análisis de Foucault, las identidades sexuales marginalizadas no son simples víctimas de las operaciones de poder. Al contrario, son producidas por esas mismas operaciones: “Durante dos siglos, el discurso sobre el sexo ha sido multiplicado en vez de enrarecido; y si ha llevado consigo sus tabúes y sus prohibiciones, también ha asegurado, de una manera más fundamental, la solidificación y la implantación de un completo mosaico sexual” (Foucault, 1981:53). Este énfasis en los aspectos productivos y permisivos del poder altera profundamente los modelos por los cuales ha sido tradicionalmente entendido. En consecuencia, la reevaluación de Foucault sobre el poder ha afectado significativamente el análisis lesbiano y gay.
Ya que él no piensa que el poder es una fuerza fundamentalmente represiva, Foucault no respalda tales estrategias liberacionistas como romper las prohibiciones y manifestarse públicamente. De hecho, debido a que la idea de la represión sexual moderna es ampliamente aceptada, lejos de identificar correctamente los mecanismos del poder, “es... de hecho parte de la misma red histórica que la cosa que denuncia (y sin duda representa) al llamarla ‘represión’“. (ibid.: 10) Foucault cuestiona la seguridad liberacionista de que dar voz a las previamente silenciadas identidades y sexualidades gays y lesbianas es desafiar el poder, y por lo tanto inducir un poder transformador. Como Foucault toma una posición decididamente anti-liberatoria sobre este asunto es a veces leído -quizás sin sorpresa debido a la común vigencia de lo que él critica como ‘la hipótesis represiva’- como apoyando el derrotismo político (ibid.:15).
Sin embargo Foucault también argumenta que “donde hay poder, hay resistencia” (ibid.:95), una resistencia “coextensiva con [el poder] y absolutamente contemporánea a él” (Foucault, 1988:122). Como el poder, la resistencia es múltiple e inestable; coagula en ciertos puntos, es dispersada en otros, y circula en el discurso. “Discurso” es la heterogénea colección de expresiones que se relacionan a un concepto particular, y por lo tanto constituyen y cuestionan su significado -esa “serie de segmentos discontinuos cuya función táctica no es ni uniforme ni estable” (ibid.:100). Tanto como alerta sobre pensar que el poder demarca sólo relaciones jerárquicas, también Foucault insiste en que el discurso no está simplemente a favor o en contra de algo, sino que es interminablemente prolífico y multivalente: “nosotros no debemos imaginar un mundo del discurso dividido entre el discurso aceptado y el discurso excluido, o entre el discurso dominante y el dominado; sino como una multiplicidad de elementos discursivos que pueden jugar un papel en variadas estrategias” (ibid.).
 Al describir la relación entre discursos y estrategias, y demostrar cómo un sólo discurso puede ser usado estratégicamente para propósitos oposicionales, Foucault específicamente menciona cómo la categoría de homosexualidad fue formada en relación a estructuras de poder y resistencia. El surgimiento de la homosexualidad como una “especie” ejemplifica las capacidades polivalentes del discurso:

No hay duda de que la aparición en la psiquiatría del siglo diecinueve, en la jurisprudencia y la literatura de toda una serie de discursos sobre la especie y la subespecie de la homosexualidad, la inversión, la pederastia y el “hermafroditismo psíquico” hicieron posible un avance fuerte de controles sociales en este área de “perversiones”; pero también hizo posible la formación de un discurso “reverso”: la homosexualidad comenzó a hablar a su propio favor, para demandar que su legitimidad o “naturalidad” fuese reconocida, a menudo con el mismo vocabulario, usando las mismas categorías con las que fue médicamente descalificada. (ibid.:101)


El discurso, entonces, está enteramente dentro (pero no necesariamente al servicio de) los mecanismos de poder. El análisis de Foucault se enfoca en el discurso como un modo de resistencia, no para refutar su contenido sino para particularizar sus operaciones estratégicas. Tanto como la homosexualidad es uno de sus ejemplos clave, Foucault se refiere a las identidades sexuales como los efectos discursivos de categorías culturales posibles.  Desafiando los entendimientos comúnmente sostenidos del poder y la resistencia, su trabajo tiene atractivo obvio para la teoría y la práctica gay y lesbiana -y subsecuentemente queer-. Aunque Foucault (1988b) trata al “autor” como un efecto textual en vez de una presencia real, su identidad pública como un hombre gay podría haber facilitado los estudios gays inspirados por su trabajo.

Aún más explícitamente que Althusser, Saussure, Freud y Lacan, Foucault radicalmente reconceptualiza la identidad en maneras que han reformado sustancialmente los estudios gay y lesbianos. La reciente crítica de las identidades políticas -tanto dentro como fuera de los círculos lesbiano y gay- no ha surgido simplemente porque la reificación de cualquier identidad única es sentida como excluyente. Ha ocurrido porque, dentro del estructuralismo, la misma noción de identidad como un sentido coherente y constante del yo es percibido como una fantasía cultural en vez de un hecho demostrable. Las objeciones al énfasis en la identidad en las políticas gay y lesbiana estaban inicialmente basadas en el hecho de que la categoría fundacional de cualquier política identitaria inevitablemente excluye potenciales sujetos en el nombre de la representación. Claramente, las políticas identitarias gays y lesbianas que meramente reproducen las opresiones de raza y clase son inadecuadas. Sin embargo las políticas identitarias no pueden ser simplemente recuperadas por una escrupulosa atención a los ejes de la diferencia. Por lo que el post- estructuralismo también demuestra, las políticas identitarias están evisceradas no sólo por las diferencias entre sujetos sino por las irresolubles diferencias dentro de cada sujeto. Como Diana Fuss (1989:103) argumenta, “las teorías de las ‘múltiples identidades’ fallan en desafiar de manera efectiva el entendimiento tradicional metafísico de la identidad como una unidad”.

Notas: Gay Sweatshop:Companía de teatro fundada en 1974 con el fin de “hacer a los homosexuales conscientes de la opresión que ejercen o toleran, y exponer y terminar las representaciones mediáticas de los homosexuales”.
Self: para Freud, "Yo", el propio ser. Elegí dejar la palabra original por recomendación de la psicóloga Lucía Muzzin, a quien agradezco por su preocupación y ayuda.

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